Hubo un tiempo en el que a servidor le gustaba practicar, pero no ver, los partidos de fútbol. Década de los años 90. Veraneo en Cambrils (Tarragona). Todas las tardes, después de una sesión de bronceado imposible, celebrábamos una especie de minimundial futbolero entre los amigos de la pandilla y los respectivos padres. Formato fútbol-sala, en las instalaciones del polideportivo municipal. Mi puesto era el de portero. La adrenalina mezclada con las endorfinas resultantes del precalentamiento me encantaban. Lo pasaba bomba.
Me pusieron el apodo de El Salinas de Cambrils en homenaje a uno de los jugadores españoles más míticos de la época, Julio Salinas. ¿Por qué? Porque lo que parecía imposible de parar lo paraba y la pelota que era facilísima de detener me la metían.
Jugaba con gafas de miope. Un día me las rompieron en la cara al parar un penalti y jamás volví a jugar. Cogí miedo y perdí interés.
Con el paso del tiempo empecé a ejercer de espectador gracias a la Roja. Verano de 2010. Londres. Grabación de Fangoria y, lo mismo que acudimos a la celebración del Orgullo Gay inglés con bandera arcoíris, las tardes en las que jugaba España salíamos antes del estudio de grabación para pegarnos a la televisión del apartamento, con merienda del Marks & Spencer y bandera española incluida.
Desde entonces sigo con mucho interés los mundiales. Hasta me acuesto tarde para ver cualquier partido, aunque no sea de España. Es la magia del Mundial. Aglutina a toda la población, sea de donde sea y como sea. El mundial solo entiende de competitividad y celebración. Fuera prejuicios. Fuera gilipolleces. Lo que deseas con toda tu alma es que tu país y sus jugadores brillen por encima de los demás. En 2010 celebré la victoria de la Roja desde uno de mis balcones que dan a la Gran Vía, después de que una Nancy Rubia rompiera la lámpara del salón de corte imperio al levantarse del sofá y aplaudir el gol de Iniesta.
La semana pasada estuve en Tánger por trabajo y la vuelta coincidió con un partido que ganó Marruecos. La cultura política-social-cultural de allí nada tiene que ver con la nuestra, pero sus habitantes celebraban la victoria de su equipo de la misma forma que los ingleses o los mexicanos. Y me gustó. Todos somos diferentes y así tiene que seguir siendo, pero ante el mundial todos nos comportamos igual. Jamás hubiera imaginado declararme fan acérrimo del mundial, pero me gusta su filosofía: celebrar es ganar. Una actitud ante la vida que deberíamos empezar a practicar más a menudo. No solo cada cuatro años. ¡¡¡Vamos, España, a ganar!!! A por los cuartos y a la final para salir por la puerta grande. Y a invadir todas las calles con alegría y banderas. Como hacen todos.