No está claro que sea más complicado, si perdonar o empezar. Perdonar cuesta, pero cumplido el resentimiento inicial, llega el alivio. Relaja mucho pensar que hagas lo que hagas, con voluntad y un poco de penitencia, todo queda limpio. Empezar, en cambio, es una acción engorrosa y siempre aplazable que solo procura consuelo cuando acaba, cuando desaparece. Como un mal sueño. El ser querido es una película sobre el perdón que deposita gran parte de su fuerza, interés y éxito en sus 18 primeros minutos, en su fulgurante y perfecto arranque. Digamos que, de entrada, todo son dificultades. A su modo, y por su prólogo, la película emparenta con proezas como aquel primer plano en forma de travelling de un hombre con una bomba en las manos, o aquella persecución policial sobre los tejados de San Francisco o, lo más sencillo y efectivo de todo, la inolvidable puerta abierta y rodeada de oscuridad que mira a un horizonte luminoso y ocre. Uno de los pioneros de este invento mantenía que una película tenía que empezar con un terremoto y de ahí, hacia arriba. Y Rodrigo Sorogoyen hace tiempo que milita en esta creencia con fe ciega. Cada uno de sus trabajos está bendecido por una primera secuencia electrificada. As bestas, por ejemplo, daba sus primeros pasos con la pelea desigual de un hombre y un caballo, y en la tensión puramente animal de las pieles entrelazadas se resumía la brutalidad callada y explosiva que vendría después. Pasara lo que pasara más tarde, todo quedaba perdonado.
Lo que hace en El ser querido roza el milagro. Cara a cara, un padre y una hija se vuelven a ver después de 17 años. El encuentro es en un restaurante. Tienen mucho que contarse, pero les faltan las palabras. Tienen aún más que reprocharse, pero les fallan las fuerzas. Les gustaría abrazarse, pero el resentimiento es demasiado profundo. Podrían incluso pegarse, pero sería demasiado humillante. Y triste. Cada uno guarda una memoria muy diferente --e incompatible entre sí-- de lo que llegaron a ser juntos el poco tiempo que eso ocurrió. Quizá lo sensato debería ser, en efecto, perdonarse. Pero para entender el perdón hace falta antes desmontar y volver a montar mil universos y, lo que ya es imposible, empezar de nuevo. Todo está ahí. Y lo está con un sentido de la precisión, de la violencia y del mismo silencio que abruman. Empezar y perdonar. No queda claro que es más complicado.
El ser querido cuenta la historia de un director de cine y una actriz. Él es Javier Bardem en la más lograda (y ya son unas cuantas) exhibición de sí mismo y ella, Victoria Luengo en su más enérgico papel hasta hoy. Este solo el inicio. Son, ya se ha dicho, padre e hija. Él da vida a un cineasta de fama mundial que regresa a su país para reconciliarse con los suyos y, lo más importante, consigo mismo. Quiere que la hija que tiempo atrás abandonó sea la protagonista de su próxima película. Quiere algo parecido al perdón, pero no solo eso. A ella, por su parte, le bastaría con entender algo de lo que pasó para llegar a comprender lo que le pasa y... volver a empezar.
Lo que sigue es la historia de un rodaje de cine. Cine dentro del cine. Ficción contra ficción. Sobre la superficie de la pantalla, el relato del padre se da de bruces con el de ella de la misma manera que el drama familiar se sobrepone sobre el drama histórico que se filma dentro (dentro de dentro, se podría decir). La película en el interior de la película habla de un lugar del mundo desamparado por sus colonizadores. Habla de un Sáhara dejado a su suerte por un país, España, que simplemente se despreocupó de sus responsabilidades y deberes, los dos morales además de políticos. Y lo mismo vale para una mujer que fue abandonada cuando apenas era una niña por un hombre que aspiraba a ser el gran prohombre que, por fin y a la vuelta de los años, ha conseguido ser. De la misma manera, el conflicto moral e íntimo acaba por ser político, exageradamente machista y, por tanto, de todos.
En un depurado y magnético juego de espejos, el director mezcla elementos, sublima formatos y enreda mecanismos en un intento de quebrar el hilo que teje el sentido mismo de lo real. Y así hasta construir un laberinto formal que también lo es emocional. Si tremenda es la escena apertura, aún más abrasivo es el momento del rodaje de la película que se rueda (todo es duplicación) en el que hasta lo más elemental se rompe, en el que el padre que no fue se lanza en su papel de director-dictador a su última y frustrada oportunidad. Se trata de un instante de inquietud y agonía que lo es en la misma medida de simple y brutal incomodidad. La película, en sentido riguroso, no avanza, no quiere hacerlo. Toda ella vive en ese instante del inicio que también lo es de perdón. Todo obedece a un ritual repetido de incomprensión, dolor y renuncia. Y así hasta un momento final que no es más que repetición del principio (o, mejor, un nuevo comienzo) en el que la emoción sencillamente se desborda. Empezar y perdonar se descubren de este modo dos modos de nombrar lo mismo, un idéntico laberinto que no acaba. Brillante e inolvidable, sin duda.
Lo que queda después de la inmensa batalla entre Bardem y Luego es la enésima confirmación de dos actores y un director que, tras un largo viaje, se diría que vuelven a empezar... con un terremoto y hacia arriba. Qué inolvidables arranques, por cierto, los de Sed de mal, Vértigo y Centauros del desierto. Y el de El ser querido.
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Director: Rodrigo Sorogoyen. Intérpretes: Javier Bardem, Victoria Luengo, Raúl Arévalo. Duración: 135 minutos. Nacionalidad: España.