Vuelvo del verano con la noticia de que Dolly Parton ha muerto, los chicos de la generación alfa se han puesto a farmear aura y con el anuncio de la caída de los influencers, que al final no ha sido caída ni ha sido nada, por desgracia. Es decir, he vuelto del verano con la sensación de haberme hecho vieja de repente.
Vaya por delante que yo creo mucho en las generaciones jóvenes, porque la juventud siempre ha sido la que ha renovado la cultura. Todas las subculturas nacieron de un puñado de jóvenes exaltados que empezaron a hacer ruido para llamar la atención: los grafitis, las performances, el punk, el rock, el pop, el techno, las vanguardias artísticas, el surrealismo, el rap, el trap, los beatniks, dada... El arte siempre se renueva a base de dinamitar lo establecido.
Pero tampoco creo que haya que ser ingenuos y romantizar cada fenómeno viral de la juventud, porque lo que único que se está persiguiendo últimamente con todos ellos es esa viralidad. Los 15 minutos de fama de los que hablaba Warhol. También pienso que tenemos que estar muy desesperados para aplaudir que los chicos salgan a la calle a jugar un rato y hacer de eso una fiesta y un acontecimiento.
Hace unos años, uno de cada tres jóvenes querían ser influencers. Este junio se ha publicado un estudio de la universidad de Wisconsin donde el porcentaje subía al 60% en Estados Unidos y Noruega.
Veo el intento desesperado de los jóvenes por llamar la atención y la enorme creatividad que tienen y no puedo dejar de pensar en que ojalá todos estos chicos siguieran a las personas adecuadas. No para soñar con ser influencers, si no para soñar con influir de verdad. Que tiene que ver con dejar una huella profunda en el mundo.
Podrían seguir, por ejemplo, a Dolly Parton, que aparte de darnos una de las canciones más bonitas del planeta, repartió más de 300 millones de libros a niños a través del programa Imagination Library. Para mí esto es lo que deberíamos llamar influir: abrir la cultura al resto, luchar para la alfabetización de millones de niños y darles la oportunidad de imaginar otros mundos posibles.
Como decían los autores de El manifiesto redneck rojo (Dirty Works, 2020): «Dios mío, cómo queremos a Dolly Parton. La amamos con locura. Nuestras mujeres y novias la adoran. Los gais la adoran. Los predicadores la adoran. Las abuelas, los abuelos, los estudiantes de intercambio, los poetas, los contables... todos la adoran». Si alguien tuvo carisma y aura fue ella y ni siquiera le hizo falta farmearla en ninguna batalla.