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Seis meses de guerra en Irán: cuando no cumples ni un objetivo y añades al mundo problemas que no existían

Seis meses de guerra en Irán: cuando no cumples ni un objetivo y añades al mundo problemas que no existían

El 28 de febrero de 2026 amaneció sin mucha historia. Fiesta y discursos por el Día de Andalucía, polémica trasnochada por las condiciones de Juan Carlos I para regresar a España y temor recurrente a una nueva guerra abierta entre Pakistán y Afganistán. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estaba en las portadas por su orden a contratistas militares y agencias federales de cesar negocios con Anthropic. Para cuando cayó el sol, ya había iniciado una nueva guerra que ya lleva más de 3.700 muertos, 26.000 heridos, 14 países del golfo Pérsico alcanzados por proyectiles y el miedo a una crisis mundial. Hoy se cumplen seis meses, aunque parezcan seis años.

Junto con Israel, Washington lanzó aquel día una serie de ataques coordinados contra Irán, en lo que bautizó como Operación Furia Épica (León Rugiente en versión de Tel Aviv). El régimen de los ayatolás replicó con otra operación, Justicia Verdadera. Con las horas se supo que su líder supremo, Ali Jamenei, había sido asesinado junto a buena parte de su familia, su equipo y sus posibles sucesores. 

En aquellas primeras jornadas del conflicto, los discursos oficiales que emanaban tanto de EEUU como de Israel estaban cargados de una retórica de confianza absoluta, prometiendo una campaña militar rápida y decisiva. Su objetivo declarado era múltiple y ambicioso: neutralizar de una vez por todas la infraestructura nuclear y militar (misiles de largo alcance, sobre todo) de Teherán y desmantelar su red de influencia regional a través del llamado Eje de Resistencia. A través de una presión bélica y financiera sin precedentes, asfixiarían la economía hasta provocar un colapso interno. Los manifestantes que desde finales de diciembre estaban reclamando libertades en las calles, y a los que Trump había prometido que la ayuda estaba "en camino", tendrían un tiempo nuevo. 

Hoy, al llegar a la marca del medio año de hostilidades, la realidad sobre el terreno y en los mercados globales pinta un cuadro radicalmente distinto al anhelado por Trump y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. El consenso entre los principales analistas internacionales y los observadores del conflicto es que la guerra no sólo ha fracasado en la consecución de sus metas primordiales, sino que ha hundido a sus promotores en un pantano estratégico del que parece no haber una rampa de salida viable.

Porque siguen vivos absolutamente todos los motivos esgrimidos en caliente para intervenir, que no probados, como aquello de que era inminente que Irán tuviera el suficiente uranio tratado como para ser base de una bomba atómica (siempre ha defendido el uso pacífico) o que sus misiles alcanzarían las costas norteamericanas. Lo que se ha logrado es añadir un problema: el cierre del estratégico estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra pasaba un 20% del crudo mundial. Teherán, que domina geográficamente el paso, había amenazado en el pasado con hacerlo, pero nunca daba el paso. Ahora se ha atrevido, con consecuencias mundiales que van de la inflación general a las complicaciones se suministro de petróleo, pasando por la crisis humanitaria que supone el aumento del precio de los fertilizantes.

Esta es una guerra de elección y no de legítima defensa, en la que han fallado los cálculos.

Castillos en el aire

La premisa central de la estrategia conjunta de EEUU e Israel residía en la creencia de que la economía de Irán, ya debilitada por años de severas sanciones internacionales, se desmoronaría rápidamente bajo el peso de un conflicto armado directo. Se anticipaba que la destrucción de infraestructuras clave en defensa o electricidad y el bloqueo absoluto de sus rutas comerciales generarían un levantamiento popular o, en su defecto, la paralización total de la maquinaria estatal iraní. 

Sin embargo, esta evaluación subestimó profundamente la resiliencia de un régimen que lleva más de cuatro décadas perfeccionando tácticas de supervivencia económica. Al final, han sido castillos en el aire. A pesar de la devastación, Washington ha fracasado en su intento de estrangular por completo la economía iraní. En lugar de un colapso fulminante, Teherán ha logrado mantener líneas de flotación económicas mediante el uso de redes de comercio ilícito, la reorientación de sus exportaciones hacia socios estratégicos que han desafiado el bloqueo occidental y la adaptación de su mercado interno a una economía de resistencia extrema. 

Lejos de rendirse, el liderazgo iraní ha consolidado su control, utilizando la narrativa de la agresión externa para sofocar la disidencia interna y unificar a una parte significativa de la población bajo la bandera del nacionalismo. Si ya no está Ali Jamenei está su hijo, Mojtaba, que le ha tomado el relevo. Un líder semiausente, porque resultó herido en el ataque que mató a su progenitor, pero enrabietado porque su familia fue masacrada. No era precisamente un templado reformista. La guerra no lo ha suavizado, tampoco. 

Donde el fracaso de las previsiones iniciales se ha hecho más dolorosamente evidente para la comunidad internacional es en el ámbito marítimo y energético. En lugar de asegurar la región y garantizar el flujo ininterrumpido de hidrocarburos, la ofensiva ha convertido al golfo Pérsico y sus áreas adyacentes en una zona de alta volatilidad. El conflicto ha derivado en lo que muchos expertos han denominado una "guerra de trincheras energética". 

Tras el cierre del estrecho por parte de Irán el 1 de marzo, el tráfico de buques de carga se desplomó hasta un promedio de 10 tránsitos diarios, en comparación con un promedio diario de 95 en febrero, según un análisis de la agencia AFP con datos del rastreador marítimo Kpler. Un acuerdo firmado por Estados Unidos e Irán en junio propició un repunte temporal hasta alcanzar los 36 tránsitos diarios, antes de que volvieran a descender a una media de 15 entre la reanudación de las hostilidades el 8 de julio y el 22 de agosto. Actualmente existen dos rutas diferenciadas: una hacia el norte, cerca de la costa iraní -la única aprobada por Teherán- y otra hacia el sur, entre la costa omaní y zonas potencialmente minadas.

La Organización Marítima Internacional (OMI) sostiene que Unos 6.000 marineros y 500 barcos permanecen varados en el Golfo desde el comienzo del conflicto. La OMI había puesto en marcha en junio una iniciativa para evacuar a más de 11.000 marineros atrapados en el Golfo, pero el esfuerzo se suspendió poco después tras un ataque a un buque. En los últimos seis meses al menos 20 marineros y estibadores han muerto en incidentes o ataques en la región, añade este organismo especializado de Naciones Unidas. 

Los armadores globales se enfrentan a primas de seguros prohibitivas y a un riesgo inasumible, lo que ha provocado que numerosos buques eviten la zona por completo. 

Las consecuencias de este estrangulamiento en Ormuz han provocado un efecto dominó devastador en los mercados energéticos globales. La incertidumbre sobre la seguridad del suministro ha disparado los precios del crudo, generando una ola de inflación que está golpeando duramente a las economías occidentales. Paradójicamente, la intervención militar que supuestamente iba a estabilizar el Medio Oriente y eliminar una amenaza para la seguridad global ha creado una crisis de seguridad nacional para los propios países importadores de energía. Los analistas avisan de la crisis humanitaria que se viene, si sumamos el bloqueo de Ormuz a factores como el fenómeno climático de El Niño

Los mercados, que en un principio reaccionaron con cautela ante la esperanza de una guerra corta, ahora reflejan un nerviosismo crónico. Este escenario contradice frontalmente la promesa de la administración estadounidense de que el conflicto tendría un impacto mínimo y contenido en la economía mundial. En su lugar, el costo de la guerra está siendo sufragado en los surtidores de gasolina y en las facturas de energía de los ciudadanos a lo largo y ancho del planeta, socavando el apoyo internacional a la empresa militar, expone el Center for Strategic and International Studies (CSIS), un tanque de pensamiento washingtoniano. 

Las fuerzas navales y las milicias aliadas de Irán han demostrado una capacidad asimétrica formidable, utilizando enjambres de drones, minas marinas y misiles antibuque para amenazar a cualquier embarcación que intente transitar por la vía navegable. Esta estrategia de denegación de área ha demostrado que, incluso frente a la abrumadora superioridad tecnológica y naval de la Quinta Flota de EEUU, Teherán conserva el poder de paralizar el comercio internacional. Incluso está negociando con Omán -un socio histórico de EEUU- para abrir parcialmente la vía, esencial para ambos, demostrando que puede ir por lo diplomático con otros y obtener resultados.

Desgaste de Trump

Esta crisis económica derivada del conflicto ha tenido un impacto político directo y severo en Washington. A medida que la guerra se prolonga sin que se vislumbre una victoria clara o un cese de hostilidades, la administración Trump se enfrenta a un descontento público monumental. 

Seis meses después del inicio de los bombardeos, el índice de aprobación del presidente se ha desplomado a mínimos históricos, como demuestra la encuesta más reciente de Reuters/Ipsos, conocida el pasado martes: apenas el 31% de los estadounidenses apoya la acción militar estadounidense contra Irán, frente al 37% de la toma de marzo y el 34% de principios de este mismo mes. Sólo el 33% de los norteamericanos apoya su gestión, lo que supone el peor dato de Trump en el poder, sea en este segundo mandato o en el primero (2017-2021). 

El descenso se debe, sostiene la agencia británica, a que menos republicanos declarados respaldaron el conflicto. Aproximadamente el 69% de los conservadores encuestados apoya la guerra, en comparación con el 77% en marzo. Y es que, desde el principio, los propios correligionarios de Trump se han sentido incómodos con esta contienda, empezando por el vicepresidente JD Vance. No entrar en más guerras y no enterrar a más soldados que iban a luchar a lugares que no saben ni colocar en el mapa fue una de las principales promesas de campaña del movimiento MAGA. 

El electorado estadounidense, cansado de décadas de intervenciones militares costosas y aparentemente interminables en el Medio Oriente, observa con frustración cómo el país se sumerge en un nuevo atolladero. Las promesas de una campaña quirúrgica que pondría a Irán de rodillas han dado paso a la sombría realidad de una guerra de desgaste. El escepticismo inicial de la opinión pública se ha transformado en un rechazo abierto, alimentado por el incremento del costo de vida provocado por la crisis energética y por las advertencias cada vez más urgentes de los círculos militares sobre el agotamiento de recursos estratégicos. 

Se ve en la encuesta: alrededor del 83% de la población estadounidense cree que la guerra se prolongará "durante un período prolongado", un aumento con respecto al 80% registrado a principios de mes. Mientras, el precio de la gasolina en el país es más de un dólar superior por galón que antes del conflicto. Esto preocupa a los aliados republicanos de Trump, quienes defenderán estrechas mayorías en el Congreso y en el Senado en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre próximo. Ahora mismo, los votantes independientes encuestados se inclinan más por los demócratas frente a los republicanos (33% frente a 19%) al ser preguntados sobre a quién votarían si los comicios se celebrasen hoy mismo. 

La incapacidad de la Casa Blanca para articular una estrategia de salida creíble o una rampa de desescalada ha dejado a la administración aislada, enfrentando críticas tanto de la oposición política como de sus propios aliados internacionales, quienes ven con alarma la falta de un plan coherente para poner fin a la crisis.

La guerra de 'Bibi' no era esto

Desde la perspectiva de Israel, el panorama no es menos sombrío. Benjamin Netanyahu apostó gran parte de su capital político y del prestigio de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) a la erradicación de la amenaza existencial que, según su Gobierno, representaba el régimen iraní. La lógica subyacente era que un golpe militar contundente neutralizaría la capacidad de Teherán para financiar y armar a la red de milicias aliadas que rodean a Israel, desde Hezbolá en Líbano hasta Hamás en Gaza, pasando por grupos en Siria e Irak. 

Sin embargo, seis meses después, la seguridad del Estado de Israel no ha mejorado de manera tangible; por el contrario, en muchos aspectos, se ha deteriorado. Aunque la infraestructura militar convencional de Irán ha sufrido daños significativos, su red de proxies regionales ha mantenido una operatividad letal. Los grupos que asisten a Irán, esos proxies que van de Hezbolá en Líbano a los hutíes de Yemen, pasando por milicias islamistas de Irak, ha respondido a los ataques contra su patrocinador intensificando la presión en las fronteras de Israel, obligando a las FDI a mantener una movilización masiva y costosa en múltiples frentes simultáneos.

Además, el objetivo primordial de destruir el programa nuclear iraní sigue siendo motivo de intenso debate. La red de instalaciones nucleares de Irán, gran parte de la cual está profundamente enterrada bajo macizos montañosos, ha demostrado ser extraordinariamente resistente incluso a las municiones penetrantes más avanzadas del arsenal estadounidense e israelí. 

El avance del programa puede haberse ralentizado temporalmente, pero la acción militar ha proporcionado a la línea dura en Teherán la justificación perfecta para abandonar cualquier restricción previa y acelerar sus esfuerzos atómicos en la clandestinidad, argumentando que solo una disuasión nuclear absoluta puede garantizar la supervivencia del Estado frente a la agresión occidental. De este modo, la guerra que buscaba evitar a toda costa un Irán con capacidad nuclear podría haber terminado por precipitar precisamente ese escenario.

La dinámica del conflicto ha puesto de manifiesto los límites del poder militar convencional frente a un adversario dispuesto a absorber castigo y emplear tácticas de guerra asimétrica a gran escala. Irán no ha intentado ganar la guerra en el sentido tradicional, derrotando a las fuerzas estadounidenses e israelíes en el campo de batalla; su estrategia se ha basado puramente en la supervivencia y en imponer costos inasumibles a sus atacantes. 

Al descentralizar sus fuerzas, utilizar armamento relativamente barato pero efectivo -como los sistemas de drones merodeadores y misiles balísticos ocultos en silos móviles- y mantener como rehén el tráfico marítimo de Ormuz, Teherán ha logrado equilibrar la balanza frente a enemigos militarmente superiores. Esta capacidad para resistir y devolver el golpe ha desbaratado el cronograma de Washington y Jerusalén, obligando a ambos gobiernos a lidiar con una guerra prolongada para la cual no habían preparado ni a sus poblaciones ni a sus economías.

Eso descoloca a un Netanyahu que tiene a Tejerán entre ceja y ceja desde hace décadas. Ya logró que Trump se saliera del acuerdo entre Irán y Occidente para regular su programa atómico, en 2018, en su primera legislatura, y ahora había dado con el primer mandatario norteamericano dispuesto no a poner más sanciones a los ayatolás, sino a dispararles. Logró que lo acompañase en los ataques del verano de 2025 y también ahora, abriendo en Washington un enorme debate sobre hasta qué punto arrastró al republicano a una guerra que no era la suya. 

Hezbolá, el partido-milicia chií proiraní de Líbano, atacó Israel a las horas del magnicidio de Jamenei y es, hoy, un frente inestable para Tel Aviv. Supuestamente, hay un alto el fuego en vigor con Beirut, pero que se viola casi a diario con bombardeos supuestamente sobre posiciones del grupo. Al menos 4.346 personas han muerto en Líbano desde el pasado 2 de marzo; hay también 12.301 heridos, informa EFE. 

Ahora, el líder del Likud necesita una victoria sobre Irán o mantener al menos el flanco vivo, sin un acuerdo, porque en octubre tiene elecciones y la seguridad será un eje central del debate. Si se cede y no tiene un buen acuerdo, no tendrá qué vender. Lo mismo el  pasa con Líbano, donde ha recrudecido sus ataques en los últimos días. Además, sus socios de gobierno, radicales religiosos y ultranacionalistas, no quieren tampoco una paz con concesiones, en falso. Sin ellos, no tendría capacidad de repetir mandato y ya bastante en peligro está si se suma el resto de partidos opositores. 

Diplomacia paralizada

Mientras tanto, la diplomacia internacional se encuentra en un estado de parálisis casi total. Los canales de comunicación indirecta, que en el pasado habían servido para desescalar tensiones en momentos críticos, se han roto. Ni Pakistán ni Egipto. Las múltiples advertencias sobre los peligros de iniciar este conflicto han resultado ser precisas. 

Se advirtió repetidamente que un ataque contra Irán desencadenaría una respuesta asimétrica regional, desestabilizaría los mercados globales y uniría a la población iraní en torno a sus líderes más intransigentes. La materialización de todas y cada una de estas advertencias ha dejado a los responsables políticos en Washington e Israel sin una narrativa de victoria que puedan presentar a sus ciudadanos.

La búsqueda de un desenlace o "endgame", como lo llama la prensa norteamericana, se ha convertido ahora en el desafío más apremiante y complejo para la coalición atacante. El problema fundamental radica en que ninguno de los objetivos maximalistas declarados al principio de la guerra se ha alcanzado, y retirarse ahora sin concesiones significativas por parte de Teherán sería interpretado universalmente como una derrota estratégica humillante tanto para EEUU como para Israel. 

Por otro lado, la escalada continua y el mantenimiento del status quo actual son políticamente insostenibles. Para la administración Trump, con su índice de aprobación por los suelos y la presión de un electorado que demanda soluciones económicas urgentes frente a la inflación energética, encontrar una rampa de salida antes de sufrir daños electorales irreversibles es una prioridad absoluta. Para Netanyahu, atrapado entre las demandas de seguridad de su población y un ejército al límite de su capacidad en múltiples frentes, la prolongación del conflicto amenaza con desestabilizar aún más su ya fracturado Gobierno.

Hubo una esperanza, el pasado junio, cuando se anunció un plan de 14 puntos con la forma de un Memorando de Entendimiento que establecí como base que Irán nunca tendrá armas nucleares y comprometía un fondo de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo del país, aunque EEUU no está obligado a contribuir a ello. Sin embargo, las pelas por ver qué paso se implementaba antes y, sobre todo, el control de Ormuz, llevaron al incumplimiento inmediato del acuerdo y al estancamiento de las negociaciones. 

Así hasta el lunes, cuando EEUU anunció un nuevo golpe contra las redes que permiten a Teherán vender petróleo, mover dinero, adquirir tecnología y esquivar las sanciones internacionales, un plan de asfixia económica con el que espera que se arrodille el régimen y que por ahora no es ni muy concreto ni muy claro. Este mismo jueves, Estados Unidos ha asegurado no mantiene de momento negociaciones activas con Irán para poner fin a la guerra, en palabras la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt: "Esta situación persistirá hasta que el presidente considere que la otra parte está dispuesta a sentarse a la mesa de manera significativa. Aún no hemos visto tal disposición".

La lección que emerge tras medio año de derramamiento de sangre y caos económico es un crudo recordatorio de las limitaciones de la fuerza militar como instrumento para resolver problemas geopolíticos complejos. La creencia de que un poder militar superior y unas sanciones económicas abrumadoras podían obligar rápidamente a una nación de la escala y la complejidad de Irán a capitular ha chocado de frente con la dura realidad de la resistencia nacionalista y la vulnerabilidad de la economía global interconectada. 

En lugar de remodelar el Medio Oriente a su favor, Washington e Israel se han encontrado atrapados en una guerra que no pueden ganar en los términos inicialmente definidos y de la que no saben cómo escapar sin perder la cara. Ormuz sigue bajo un asedio tenso, los mercados energéticos continúan sumidos en el miedo y la economía de Irán, aunque herida, sigue latiendo. Seis meses después, la contienda en Irán no ha logrado producir la victoria quirúrgica prometida, dejando a su paso únicamente inestabilidad, un Oriente Medio más volátil y una superpotencia buscando desesperadamente una forma de dar marcha atrás.

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