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El documental definitivo de Kylie: una buena historia y el pop como una máquina de alegría

El documental definitivo de Kylie: una buena historia y el pop como una máquina de alegría

Un buen documental sobre una estrella viva necesita tres cosas: acceso, archivo y tema. Debe poder acceder al sujeto, contar con material inédito y querer ser más que una biografía. Puede fallar uno de los tres factores, pero no dos. Kylie, la serie documental de Netflix sobre Kylie Minogue, cuenta con ella y con muchísima documentación sobre ella. También tiene una tesis: la validación de la música pop es su éxito comercial. Ni más ni menos. Kylie no necesita ser certificada por nadie que no sean sus millones de fans.

Eso ella misma lo aprendió relativamente tarde. Tras ver los tres episodios de Kylie, llego a la conclusión de que la revelación le llegó a la australiana cuando, tras suspender por un cáncer su participación en el festival de Glastonbury en 2005, sí actuó allí en 2019. Sus fans no sólo no pidieron la devolución de lo pagado por las entradas de la gira Showgirl, cancelada por los mismos motivos médicos, sino que supieron (y quisieron) esperar casi 15 años para verla en el escenario más codiciado del mundo: el piramidal de Glastonbury. Cuando, desde ahí, comienza a cantar Love At First Sight se pone en marcha eso que Nick Cave defiende como «máquina de alegría»: su música pop.

Cave, maldito entre malditos, fue parte de una de las reinvenciones más extrañas de Kylie Minogue. Juntos cantaron en 1995 Where The Wild Roses Grow, una pieza oscurísima que consiguió dos cosas, pero solo una era real. Por un lado, el tema se convirtió en el mayor éxito de The Bad Seeds, la banda de Cave; por otro hizo de Kylie una figura con entidad musical y artística propia. O eso creía (y quería) ella. No hacía falta. En Kylie, un Cave casi embalsamado se ríe de sí mismo y recuerda cómo los fans de Minogue lo miraban en las actuaciones con cara de «cómo te atreves a acercarte a nuestra princesa». En 2019 en Glastonbury, Cave también cantó con Kylie. Ella ya era reina. «Yo creo que les di un poco de pena», dice él.

En el primer episodio de Kylie, que mantiene una estructura lineal muy clarita, Kylie Minogue va a Reino Unido desde Australia a grabar su primer disco. Aunque era una actriz popular en su país gracias a la serie Neighbours, no era demasiado consciente del furor de los británicos con aquel culebrón de las antípodas. Así, la Kylie cantante empezaba su casa musical por el tejado. Y se sometía, sin quererlo también, a uno de los ecosistemas mediáticos más crueles del planeta (ellos lo llaman «humor británico»). Que se cuestionara su voz, apitufada y un poco estridente, pero absolutamente reconocible, era lo menos grave. Comenzó entonces su empeño (yo lo llamo obsesión) con ser validada como artista. En la serie cuenta cómo Michael Hutchence, glamuroso líder de INXS y su pareja durante una temporada, le dejó claro que no lo necesitaba. Pero ella lo quería.

Como buena princesa pop, Kylie Minogue tenía muchos dueños: su discográfica, su imagen inicial, sus fans... Arriesgando a estos últimos, rompió con lo demás. En Kylie cuenta, desde el presente, los aciertos y errores de esas rupturas. Desde la gira subidita de tono (error) a su mudanza a París (acierto). También cuenta los dos cánceres que padeció. El que ya conocíamos y uno nuevo, en 2021, que hasta ahora era secreto. Hoy está en un documental y en una canción ad hoc. Story suena 100% Kylie, con sus agudos imposibles (no la canten con los auriculares puestos, sé de lo que hablo) y sus sintetizadores. Es un temazo con fondo triste. Y una máquina de alegría. Viva el pop.


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