Un vuelo no anunciado, pero altamente visible, de un avión militar de transporte de la Fuerza Aérea de Estados Unidos hacia Moscú ha desencadenado un intenso debate internacional sobre los próximos movimientos del presidente ruso, Vladimir Putin, y el futuro de la guerra en Ucrania.
A bordo de la aeronave viajaba nada más y nada menos que el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John Ratcliffe, cuya enigmática visita a la capital rusa ha coincidido con una intensa agenda en el Kremlin, que incluyó la llegada de un alto enviado del Vaticano y una cumbre entre Putin y su principal aliado, el presidente bielorruso Alexandr Lukashenko.
A diferencia de los protocolos habituales de la diplomacia clandestina, Ratcliffe no llegó a Rusia en un discreto jet privado. Su aterrizaje en un enorme C-17 Globemaster, que emitió su señal de vuelo de forma abierta al cruzar el océano Atlántico, ha sido interpretado por analistas de la CNN o la BBC como un intento deliberado de Washington de que el mundo supiera que estaban enviando un mensaje directo a Moscú.
El contenido exacto de ese mensaje, sin embargo, es objeto de especulación. Reportes iniciales de la prensa estadounidense, como The Wall Street Journal, sugirieron que Ratcliffe entregó un ultimátum a Rusia para que frene una supuesta campaña de sabotaje o de guerra híbrida en la "zona gris" contra países de la OTAN.
Otras versiones, entre ellas la de The New York Times, apuntan a que la advertencia se centró en instar a Putin a poner fin a la guerra en Ucrania antes de que la economía rusa sufra mayores estragos. Algunos expertos en seguridad incluso sugieren que el viaje buscaba advertir a Moscú que no interfiera en la política de sanciones estadounidenses hacia Irán, en un momento en que EEUU tiene su propio foco militar puesto en Oriente Medio, donde anoche mismo atacó de nuevo, tras un mes sin hacerlo.
Pese a la avalancha de rumores, tanto la Casa Blanca como el Kremlin han intentado restar importancia a la visita. El presidente de EEUU, Donald Trump, calificó el viaje de "semirutinario" y desestimó los temores de un ataque ruso a la OTAN.
Por su parte, el Kremlin confirmó que Putin no se reunió con el jefe de la CIA. Ratcliffe mantuvo un encuentro con el director del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, Serguéi Narishkin, quien admitió haber abordado asuntos "delicados", pero insistió en que la reunión no tuvo nada de inusual.
Presión del Vaticano y la alianza con Bielorrusia
Mientras Occidente intenta descifrar el propósito de la inteligencia estadounidense, Putin ha buscado proyectar fortaleza junto a sus socios. Poco después de la visita de la CIA, el mandatario ruso recibió en su residencia de Novo-Ogariovo a Alexandr Lukashenko.
Durante el encuentro, el líder bielorruso aseguró que ambos países superarán "todas las dificultades juntos, mediante la cooperación". Putin, a su vez, presumió de que, a pesar de las sanciones impuestas por Occidente, el comercio bilateral alcanzó los 52.000 millones de dólares el año pasado, destacando importantes inversiones en sectores de alta tecnología.
Esta muestra de unidad se produce apenas días después de que el jefe de la diplomacia del Vaticano, Paul Richard Gallagher, visitara Rusia. Tras reunirse con el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, Gallagher no se anduvo con rodeos ante la prensa y dejó una frase contundente: "Hablemos claro. Esta guerra tiene que terminar".
¿Una nueva movilización masiva?
Detrás del hermetismo diplomático, la situación en el campo de batalla podría estar a punto de sufrir un giro dramático. Con el proceso de paz estancado, informes citados por The Washington Post aseguran que Putin cree que EEUU está debilitado por su implicación militar en Irán, lo que podría allanar el camino para una escalada rusa en Ucrania.
La inteligencia ucraniana y analistas militares advierten que Rusia se enfrenta a un agotamiento en su reclutamiento voluntario y lidia con el peso de unas estimadas 1,4 millones de bajas (entre muertos, heridos y desaparecidos, según fuentes occidentales). Ante este panorama, se especula que el Kremlin podría estar preparando una impopular movilización de hasta 600.000 nuevos soldados.
El objetivo de esta posible ofensiva, advierten expertos, sería lanzar una dura campaña invernal para destruir la infraestructura ucraniana, llevar a la población civil a la desesperación y abrumar las líneas de defensa con una fuerza masiva para intentar avanzar hasta Kiev.
Mientras el ajedrez diplomático continúa entre Washington y Moscú, la realidad sobre el terreno sugiere que Ucrania será quien enfrente de forma inminente las consecuencias del próximo movimiento de Putin.