Paco León: «Odio la censura a lo escatológico. Hay elegancia en saber tirarse un ‘peo’ en su sitio»

Hace 10 años que Paco León (Sevilla, 1974) abandonó un proyecto que le ocupó exactamente 10 años. Una década entera, día tras día, él fue, sin remisión y sin remedio, Luisma. Luego vinieron sus muy personales proyectos como director de la mano de Carmina, de la vitalista y muy rijosa Kiki, el amor se hace, de la serie Arde Madrid, de una muy particular reinterpretación de El mago de Oz en Rainbow… y vuelta a empezar. Aída y vuelta es algo más que un simple regreso a la dirección. Es examen de conciencia, registro del paso del tiempo, comedia desternillante y, por encima de todo, Paco León en su plenitud de comediante irónico, veloz, salvaje cuando quiere, escatológico a ratos y siempre, ya sí, Luisma. Pero del revés.

Le imaginaba huyendo de ‘Aída’ para siempre.
Sí, forma parte del pasado, pero tampoco voy a renegar de él. Lo cierto es que, pese a que duró 10 años, nos quedamos con ganas de más. Pero la culpable ha sido Carmen Machi. Ella se fue cinco años antes de que acabara la serie y, quizá por eso, fue la que tuvo la idea. Luego simplemente nos vinimos arriba.

¿Cómo es eso de pasarse una década entera con el mismo personaje?
Pues raro. Gratificante y a la vez muy esclavo. Es como estar dentro de El ángel exterminador, de Buñuel. Uno quiere salir y no puede. Una cárcel de oro.
Entonces…
Lo que teníamos claro es que no íbamos a hacer lo mismo. De hecho, siempre digo que es como un polvo de ex. Te apetece, pero no conviene. Tenía claro que todos los regresos a grandes éxitos del pasado acaban siempre en enormes fracasos. Pero me gusta el riesgo. El planteamiento era hacer no un remake, sino una película que me interesara a mí y a todos ahora.
‘Aída y vuelta’ se sitúa en 2018, el año del MeToo y, de alguna manera, se convierte en una reflexión sobre cómo ha cambiado el humor y todo…
Sí, ese fue un año de inflexión para todos. Todos empezamos a tomar conciencia, para bien o para mal, de todo. Bueno, para bien, pero a veces piensas: «Qué bien vivíamos sin saber tanto».
¿Cómo cree que ha transformado la corrección política el humor?
Como dice uno de los personajes en la película, somos responsables de los valores que transmitimos. Soy consciente de que ahora es muy fácil meterse en jardines y creo que yo me he metido en todos. Te pueden acusar de apropiacionista cultural o de cualquier cosa en cualquier momento. Pero soy consciente de que estamos aprendiendo. Creo que la autocrítica que ha motivado todo este debate es muy sana y nos beneficia a todos. Mi conclusión es que cada uno se mire dentro de sí mismo y decida.
¿Cree que ya no se puede hablar de nada?
Eso es absurdo. El humor no se va a acabar nunca. Lo único es que ahora hay que ser más ingenioso y, sobre todo, más consciente. Si Berlanga y Azcona hicieron El verdugo en plena dictadura con la censura, ¿de qué nos vamos a quejar nosotros?
¿Se autocensura?
Quizá. Mi ideario es que el humor que vale la pena te tiene que hacer pensar. Si no, para qué. El resto tiene que ver con el gusto. Es una cuestión estética y ética también. Como diría mi madre, hay que tener claro lo que está bonito y lo que no, lo que está feo y ya está.

«Los regresos a grandes éxitos del pasado acaban siempre en enormes fracasos, pero a mí me gusta el riesgo»

Me pone un ejemplo de autolimitación…
Se me ocurre que me da mucha rabia la censura de lo escatológico. No me parece bien que se identifique con el mal gusto. Hay una frase que me gusta citar en estos casos. A saber: los intelectuales que en nombre del buen gusto desprecian todo lo popular solo por ser popular… me comen el nabo. De otro modo, estoy convencido de que hay elegancia también en saberse tirar un peo en su sitio.
¿Qué piensa de que ahora lo transgresor y punki sea ser conservador y que la incorrección política haya cambiado de bando?
Me parece terrible, pero por otro lado es la reacción lógica de los que ven amenazados sus privilegios sea en lo político, lo racial o lo sexual. No quieren renunciar a gritar maricón en un campo de fútbol. Es bastante humano enfadarse si pierdes una prebenda por muy injusta que sea.
¿Es fácil manejar la fama después de tanto tiempo con el mismo personaje?
Sí, claro. No digo que sea fácil, pero todo consiste en aprender a decir que no. Si el éxito no te lleva a ser más libre, no vale para nada.
¿A qué ha dicho que no?
Siempre digo que podría seguir haciendo de Raquel Revuelta. Y a la hora de elegir hacer algo también estás diciendo a muchas cosas que no.
¿Cómo se maneja con el desprestigio crónico que sufre la comedia?
Pues un poco… dame pan y llámame tonto. Nunca renegaré de ser un cómico, pero lo que reivindico y quiero hacer es una comedia con contenido.
¿Se imaginaba donde está ahora cuando empezó?
Cuando eres de provincias no sueñas con que te llame Almodóvar. En Sevilla, si quieres hacer algo lo haces. Recuerdo que de muy pequeño, con cuatro o cinco años, escribí en un papel: «Voy a ser actor»… No encajaba donde estaba. Yo no quería ser yo. Entonces parecía que había un oficio que consistía en no ser tú. Te pagan por no ser tú. Ah, pues yo quiero eso.