Orbanistán, el país que volvió con Moscú

Hace justo un siglo, el régimen húngaro estaba tan enfadado con Europa como ahora. La élite húngara vivía obsesionada con corregir la mutilación territorial de su reino histórico tras la Primera Guerra Mundial. «Aquel golpe tremendo enrareció la política húngara durante generaciones, dejándola en manos de cualquier potencia que pudiese enmendar sus medidas», señala Jacob Mikanowski, autor de ‘Goodbye, Eastern Europe’. Esa hinchazón empujó a Budapest a buscar una gran potencia que desmontara el orden de Versalles, igual que ahora Viktor Orban trata de debilitar a la UE desde dentro.

Las elecciones más difíciles desde su llegada al poder en 2010 ponen a Hungría ante un espejo ruso que tantas veces se rompió. Revelaciones del medio húngaro ‘VSquare’ demuestran que Budapest y Moscú han estado coordinando sus esfuerzos para levantar las sanciones de la UE contra los oligarcas, bancos y la flota secreta rusa. Mientras, el Gobierno húngaro se aferra a sus reivindicaciones de soberanía.

En los años 30 Adolf Hitler ofrecía revisión de fronteras, castigo a Checoslovaquia y a Rumanía, y la promesa de devolver territorios perdidos.

Hoy Vladimir Putin concede al régimen húngaro un desquite energético y político ante una UE que ha osado juzgar al ‘orbanismo’ y poner coto a la expansión de su poder.

EL CHOQUE DE 1956

Han pasado 70 años desde la revolución húngara de 1956 contra Moscú: fue el momento en que la URSS entendió que su imperio europeo no descansaba sobre un consenso socialista, sino sobre la disposición a usar la fuerza. Durante unos días, la insurrección pareció abrir una salida. Pero muy pronto se impuso el razonamiento imperial clásico: si Hungría se soltaba, el contagio podía recorrer todo el bloque. Así que una segunda intervención soviética aplastó la revolución, instaló al duro Janos Kadar, encarceló y luego ejecutó a dirigentes, y provocó el exilio de unos 200.000 húngaros. Lo ocurrido en Budapest anticipó la lógica que más tarde se asociaría a la doctrina Brezhnev: soberanía limitada, la misma que Vladimir Putin trata de imponer a los ucranianos.

Yuri Andropov, que después sería jefe del KGB y el líder de la URSS más parecido a Putin, era embajador soviético en Budapest durante la crisis. La violencia de 1956 lo marcó de forma irreversible y le dejó un «complejo húngaro»: la convicción de que una protesta tolerada, por pequeña que parezca, puede escalar hasta poner en peligro todo el edificio imperial. El impacto visual que tuvo en él ver cadáveres de agentes colgados en farolas sobrepasa el ‘shock’ del joven Putin en 1989 cuando, siendo un joven agente del KGB destacado en la Alemania Oriental, tuvo que afrontar en Dresde a una multitud enardecida por la caída del Muro de Berlín sin que nadie le enviase ayuda.

Esa descomposición del bloque socialista empezó a notarse precisamente en Hungría. Con el aperturismo la cuestión de 1956 había vuelto al centro del debate. El bloque comenzó a agrietarse cuando ya no pudo seguir llamando «contrarrevolución» a lo que la sociedad húngara entendía como revolución nacional. El reentierro de Imre Nagy —el líder aperturista ejecutado por los soviéticos—, la reivindicación del pluralismo y la devolución de dignidad histórica a los vencidos en la revuelta fracasada de 56 desarmaron el relato oficial desde dentro. En esos fastos de libertad apareció un jovencísimo Viktor Orban, hablando de ruptura democrática. La obediencia a Moscú, aparentemente, no volvería jamás.

La apertura de la frontera con Austria y la gestión del éxodo de ciudadanos de la RDA fueron un punto de inflexión práctico en el derrumbe del orden comunista europeo. Hungría, literalmente, abrió un agujero en el telón de acero. El país que en 1956 había sido aplastado para salvar el bloque acabó, en 1989, ayudando a deshacerlo. Desde el inicio de la guerra de Ucrania, Hungría ha vuelto a jugar ese papel disruptor, pero esta vez contra el ‘imperio’ de la UE.

DE ANTIRRUSO A PRORRUSO

El Orban en el poder ha acabado gobernando en buena medida corrigiendo el espíritu plural y occidentalizante de 1989. Sigue presentándose a sí mismo como defensor de la nación húngara, pero ya no contra un imperio oriental enarbolado por Moscú, sino contra Bruselas, los liberales y contra Ucrania.

Tibor Dessewffy, sociólogo de Budapest, lo compara con el modo en que «los estadounidenses siguen a Trump». En ambos casos «el líder fuerte es mucho más importante que sus posiciones de política exterior». Esa lógica le ha permitido a Orban hacer algo que hace dos décadas parecía impensable: conservar una derecha nacionalista y a la vez acercarse al Kremlin.

El acercamiento de Orban a Moscú no es un simple «regreso» sentimental a Rusia. Orban sabe que la sociedad húngara sigue arrastrando memorias muy dolorosas de 1848, 1956 y de toda la etapa soviética hasta 1991. Pero el líder húngaro, que lleva 16 años en el poder, creyó necesitar una política exterior hiperpragmática, con fuerza suficiente para construir un régimen y ganar margen frente a Bruselas, asegurar energía para ofrecer confort a una sociedad cada vez más dócil, favorecer a élites domésticas y reforzar una afinidad iliberal con el putinismo. Como explica Dessewffy, antes «todo el mundo era antirruso en Hungría», pero al avanzar el siglo actual Orban «cambió por completo» el núcleo de la derecha húngara, que había sido «el anticomunismo y el sentimiento antirruso».

Durante muchos años, Moscú no ha tenido mucho potencial de influencia blanda en Hungría: no comparten frontera ni hay minorías rusoparlantes como en Ucrania. Tampoco ‘tronco común’, los húngaros no son eslavos. Moscú se centraba en difundir discursos antioccidentales y antiucranianos. Tras la invasión total de Ucrania, Hungría se negó a enviar armas a Kiev, mantuvo su dependencia del gas ruso, convirtió a Ucrania en blanco regular de su propaganda interna y multiplicó los choques con socios europeos

Al igual que Putin, Orban ha desmantelado el sistema de contrapesos que limitaba su poder, sustituyendo a muchos funcionarios independientes por personas leales. Mediante oligarcas afines, Orban controla amplios sectores de los medios de comunicación húngaros.

Mientras Orban hace alarde de sus estrechos vínculos con el Kremlin, su rival electoral, Peter Magyar, ha argumentado que esto es un talón de Aquiles, acusando al gobierno de «traición manifiesta» por sus lazos con Moscú.

Reforzado por el regreso de Donald Trump al poder, Orban sigue cultivando una relación singular con Putin, incluido su viaje a Moscú de julio de 2024, muy criticado por la UE. En 2025 y 2026, Budapest continuó bloqueando o amenazando con bloquear sanciones, ayuda a Ucrania y medidas energéticas contra Rusia.

Como recuerda el politólogo Andras Biro-Nagy, «en Hungría no necesitamos Rusia hoy ni Sputnik [agencia estatal rusa de noticias en otros idiomas], porque tenemos los medios públicos». Según el analista, la televisión pública ya transmite una visión de la guerra «básicamente en línea con cómo Rusia ve la guerra». El resultado, dice, es que «lo que Orban ha logrado en los últimos tres o cuatro años es destruir la reputación de Ucrania y la de Volodimir Zelenski a ojos del pueblo húngaro». La politóloga Ellen Bos, apuntaba hace días que el conflicto con Kiev le conviene a Orban precisamente porque desvía la atención de los problemas reales.

El mes pasado salió a la luz una embarazosa grabación difundida por medios de investigación sobre una conversación entre el ministro de Exteriores húngaro, Peter Szijjarto, y su homólogo Serguei Lavrov, relativa a sanciones europeas. Durante años Budapest instrumentalizó sistemáticamente la cuestión de los derechos de la minoría húngara en Ucrania para estancar las negociaciones de adhesión a la UE. «A veces, el chantaje directo y bienintencionado es la mejor opción», le dice Lavrov en una conversación filtrada. Nuevas revelaciones del medio ‘VSQuare’ apuntan que Szijjarto incluso ofreció a Lavrov enviar documentos de la UE a través de la Embajada de Hungría en Moscú.

El veterano primer ministro húngaro ha empezado a sacar a Hungría de Occidente, pero ha usado su pertenencia a la UE para servir de poder de veto y de socio más útil a Moscú. Por algo a Orban lo llaman, emulando el personaje de El Padrino, «don Veto».