En la novela ¿Por qué corre Sammy? del, entre otras virtudes y algún que otro defecto importante, guionista de La ley del silencio Budd Schulberg, el escritor configura la mitología del perfecto arribista según el patrón sobado y triste del sueño americano. La novela, siempre cerca de la propia biografía del autor, relata la existencia de un hombre obsesionado con ganar. No tiene principios, pero sí un ego descomunal. Vaya lo uno por lo otro. Y así, el sujeto llamado Sammy Glick avanza desde chaval de los recados hasta convertirse en magnate de un Hollywood que no sabe ni de derrotados ni de heridos; de un Hollywood que entiende la humillación al prójimo como una consecuencia necesaria del éxito. Pues bien, Marty Supreme corre tanto como Sammy y la película en la que Joshua Safdie debuta como director sin la compañía de su hermano Ben no es nada más que una actualización (pocas veces tan oportuna y certera) de ese mismo relato, un mito esencialmente miserable.
La película presenta el aspecto de un biopic y la estructura clásica de un drama deportivo. De hecho, solo se cuenta la vida de Marty Reisman, apodado «la aguja», un jugador de ping pong que, entre otros récords, logró coronarse como el más veterano en ganar una competición nacional con 67 años. De este modo, y según el patrón canónico, le vemos progresar desde la oscuridad del vendedor de zapatos hasta, en efecto, la gloria. Se trata, eso sí, de una gloria extraña, algo bizarra por extravagante, y, la verdad, muy alejada de los relatos protocolarios de sufrimiento extremo más propios del boxeo, el atletismo, el automovilismo o, por qué no, el póker. Ahora todo discurre en el espacio limitado de una mesa, una mesa con una red diminuta en el medio, y ante la indiferencia de un público que nunca tiene claro si la bola va o viene.
La estrategia del mayor de los Safdie (además de humillar a su hermano que también debutó este año pasado con la confusa The Smashing Machine) consiste básicamente en imitar Toro salvaje, de Martin Scorsese. Pero hacerlo, y aquí la gracia, sin que nadie le pueda acusar de pasarse de listo, de innovar o de volver a inventar la rueda. No, Safdie, como el personaje de Borges Pierre Menard empeñado en volver a escribir el Quijote palabra por palabra, no permite ni interferencias ni golpes de genio. Sabe que la mejor manera de honrar a un autor o a una película es sabérsela tan de memoria y de manera tan profunda que no quede otra que repetirla. Y hacerlo de forma tan fiel y brillante que todo suene y hasta sea diferente. Suena contradictorio y, en realidad, no es más que el principio último y fundamental de la innovación. Siempre es así, no hay nada nuevo sin tradición, no hay genio sin geniales antecedentes.
De este modo, Marty Supreme subvierte con elegancia, gracia y muy mala baba cada uno de los géneros que toca. De repente, el biopic se transforma en tragedia griega (o casi) y el drama deportivo, en un perfecto estudio de personajes, de ambientes y hasta de una forma de vida enferma. De repente, lo que quería ser una historia sobre el poder del talento y el valor de la perseverancia muta en quizá todo lo contrario; en una fábula sobre los estragos del individualismo en una sociedad que se ha dejado arrastrar hasta el fondo por la malversación de sus mitos fundacionales. De la mano de una narración eléctrica, una puesta en escena vibrante y unas interpretaciones (no solo Chalamet, atentos a Odessa A’zion y a la resucitada Gwyneth Paltrow) tan ajustadas a razón como siempre a la carrera, Safdie consigue entregar una película de época que se antoja de perfecta actualidad de principio a fin, a un lado y otro de la mesa de juego. ¿Quién iba a decirnos que el ping pong, además de para vender mesas que no hay forma de dar uso pasada la primera excitación, valía también como metáfora?
«Ir por la vida con conciencia es como conducir un coche con el freno de mano puesto», se lee en ¿Por qué corre Sammy? y Marty Supreme nos recuerda que, pese a todo, el cinismo sigue siendo la más fácil (además de miserable) y menos recomendable de las opciones.
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Dirección: Joshua Safdie. Intérpretes: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’zion. Duración: 149 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
