No está claro si fue el destino, el sentido mismo de la vida o la simple fama, el caso es que Kristen Stewart (Los Ángeles, 1990) nació casi con la obligación de ser directora. Actitud, gesto y hasta mala hostia, no le faltan. Y no lo decimos nosotros, sino ella. «Desde que empecé a actuar con 9 años tenía claro que acabaría dirigiendo. Era cuestión de esperar el momento», dice excitada, casi eufórica, apenas 24 horas después de la presentación de su debut como realizadora en el fragor del Festival de Cannes el pasado mes de mayo. «Llevo seis semanas sin dormir y ocho años dándole vueltas a este proyecto. Siento que me he pasado la vida entera rodando La cronología del agua», añade. La película, recién estrenada, toma la novela autobiográfica de Lidia Yuknavitch y la convierte, queda claro, en una cuestión personal. Exageradamente personal incluso y desde cualquier punto de vista.
«En verdad, todo lo que le sucede a la autora, desde los abusos al maltrato, es extremo. Pero de alguna manera cuando leí la novela sentí que hablaba de mí; que hablaba de mi vida y, apurando, de la de todas las mujeres». Pausa. «Siento y veo que las mujeres hemos sido obligadas a reprimir nuestros instintos naturales. Y de eso es preciso hablar». Nueva pausa. «Pondré un ejemplo. Hay una escena en la película de eyaculación femenina. La mano de la protagonista lo cubre todo. Se dice a sí misma: «No sabía que el cuerpo de una chica pudiera hacer eso». Esa frase me produjo una alegría enorme cuando la leí por todo lo que implica. Las mujeres generalmente nos vemos obligadas a escondernos. Nos dicen que no callemos el dolor, que no le digamos a nadie que estamos embarazadas hasta semanas después, que nos guardemos todo para nosotras mismas. Se espera que una mujer cargue con todo eso. Y eso no es sano, no es saludable tragarse el dolor. Es necesario liberar toda esa represión, para comprenderla primero y para convertirla en algo productivo después». Queda claro.
Para situarnos, La cronología del agua cuenta cómo su protagonista creció en un hogar donde fue víctima de abuso sexual. Y de cómo convirtió su existencia en una huida a uña de caballo de todos los fantasmas que no dejaron un segundo de acosarla. Primero fue la natación (de ahí el título y la omnipresencia del agua); luego, el sexo; más tarde, las drogas y un poco después, más sexo y muchas más drogas. Y así, hasta que apareció la literatura para calmar y sanar lo que probablemente de otro modo nunca habría tenido ni cura ni calma.
Y lo que vale para la literatura, Stewart está convencida de que vale igual para el cine, para su cine. «En verdad», dice, «si tengo que decir cuál es el principal argumento de la película y de mi concepción del propio cine es recuperar el dolor y transformarlo en algo positivo, en placer incluso. Vuelvo a lo anterior. Hay muchas cosas que nos vienen impuestas desde la infancia, incluso si no hemos vivido el tipo de trauma que sufrió Yuknavitch. Y ahora no hablo solo de las mujeres. Lo mismo aplica para todos, por supuesto. Sin embargo, el mundo en el que vivimos donde dios, el maestro, el director, el psiquiatra… donde todo son figuras eminentemente masculinas; el mundo en que vivimos, decía, hace imposible que las mujeres jóvenes se sientan dueñas de su intimidad. La vida nos ataca y se nos impone».
- Hay un término recurrente en la película que es el de vergüenza, ¿qué importancia tiene para usted?
- Básica. La vergüenza es parte inherente de la experiencia femenina. Y es preciso no tanto desembarazarse de ella como convertirla en algo emocionante. Hay algo sexy incluso en esta transformación. Creo que el arte en general tiene que doler y curar a la vez. Cuando llegas tan lejos en el dolor y luego lo dejas ir, cuando dejas de sollozar, no queda más que reír.
Cuenta Stewart que en todo el tiempo, casi una década, que le ha llevado hacer la película más de una vez tuvo claro que debía renunciar. «Aceptar los fracasos, te ayuda a ver las cosas claras», comenta. Pero, pese a ello, y con la ayuda de directores como Pablo Larraín, para el que trabajó en Spencer, y Sofia Coppola, a la que le dio a leer el guion, la cosa fluyó. A trompicones, pero fluyó. «Lo que he aprendido, entre otras muchas cosas, es que el guion no siempre ayuda, no siempre es lo más importante. Filmamos y filmamos durante horas y la película se ha construido a fuerza de quitar, de extraer de ella todo lo que no es fundamental, todo lo que no tiene vida», razona casi en éxtasis. O solo cansada, que es parecido. Y así, justo es reconocerlo, el resultado vibra en cada plano.
«Durante demasiado tiempo se nos ha dicho que las historias personales no cuentan, que debemos desprendernos de nuestros cuerpos para hablar con autoridad del mundo que nos rodea. Pues no, al revés, hay que traerlo todo de vuelta al cuerpo. Al diablo con la forma», dice y, otra vez, insiste: «Las mujeres tenemos que abrir nuestro cuerpo de par en par. Hay que romper las formas. Cuando veo películas de hombres, me digo a mí misma: «Quiero hacer lo mismo, pero a mí manera». Mirémonos hacia dentro». Pues eso.
