España es un país de marchadores: María Pérez se cuelga otro oro para completar su doblete y Paul McGrath es de bronce

Atemorizan las manos negras que se ciernen sobre la marcha y amenazan con hacerla desaparecer después de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028. Si eso ocurre, ¿qué será de España? Hay milagros sobre el tartán y siempre los habrá, pero si este país es algo en el atletismo, es un país de marchadores. Una española, María Pérez, es el presente y un español, Paul McGrath, es el futuro. Este sábado, en los 20 kilómetros marcha, ella ganó otro oro y él, un bronce, para disparar a la selección en el medallero: ahora es cuarta, sólo por detrás de Estados Unidos, Kenia y Canadá.

En los despachos, en todos los despachos, habrá que moverse para que la marcha nunca desaparezca. Porque desde ese rincón se advierte en McGrath un próximo medallista olímpico, pero, sobre todo, se levanta una figura única en el deporte español. Una campeona sin discusión, única mujer en la cima, una dominadora. Como ya hizo hace dos años, María Pérez volvió a cerrar un doblete en el Mundial: fue imbatible en los 20 kilómetros como lo había sido en los 35 kilómetros una semana atrás.

Pérez y la ayuda «de allí arriba»

A primera hora de la mañana -la prueba femenina empezó antes-, con una temperatura más agradable en Tokio (25 grados y un 67 % de humedad), las rivales de Pérez la retuvieron en el pelotón más de una hora, pero su ataque volvió a ser definitivo. Como ocurre con los grandes, unos pocos elegidos, no hay que cuestionarse el qué, sino el cuándo. En el kilómetro 16 Pérez demarró sin mirar atrás y ni la mexicana Alegna González ni la japonesa Nanako Fujii -que no participaron en los 35 kilómetros- pudieron seguir sus pasos. Se llevaron la plata y el bronce.

En su segunda prueba triunfal en el Estadio Olímpico de Tokio, Pérez se notaba exhausta, menos enérgica que una semana atrás; incluso ahorró en la celebración. En la meta, rompió la cinta con fuerza, lanzó su ya clásico grito y luego se dejó caer al suelo, sin fuerzas para más. Su amiga, la italiana Antonella Palmisano, que se había retirado de la prueba, la rescató con un abrazo y, junto a ella, la española empezó a festejar que ya era historia.

Con cuatro títulos planetarios, su figura apenas resiste comparaciones en el mundo, pero es única en España. En la marcha femenina ya hubo una campeona con cuatro oros, la china Liu Hong, que dominó los 20 kilómetros durante casi una década, de 2011 a 2019 -entonces las mujeres sólo disputaban una prueba-. En la selección, nadie a su altura. Su amigo Álvaro Martín también firmó un doblete y Abel Antón se colgó dos oros, pero Pérez ya suma el doble que ellos.

«Han intentado batirme, pero no han podido. No me siento invencible, me pueden ganar, pero hoy me tocaba cumplir mi sueño. Supongo que el de allí arriba me ha tocado con una varita para que pudiera hacerlo. Estoy feliz», comentaba antes de aceptar su cansancio: «Sólo quería llegar a la meta, no pensaba en otra cosa. También es normal. He notado el cansancio de correr dos pruebas, pero sabía que era sólo una hora y media de sufrimiento».

McGrath, un estreno en el podio

Más de dos horas después, cuando Pérez ya estaba en la ducha, arrancó la prueba masculina, con condiciones más duras por el calor, y el mismo patrón. Como le ocurrió a su compatriota, Paul McGrath estuvo en el grupo hasta que quedaban tres kilómetros para la meta y entonces rompió. Su ataque violento junto al japonés Toshikazu Yamanishi recordó al de Pérez: una tradición nacional. Pero el resultado no fue el mismo. Poco después perdería el oro.

Cuando los dos ya estaban destacados, Yamanishi fue sancionado con dos minutos de parón y McGrath se asustó. Con dos avisos -el castigo llega al tercero- decidió parar. Se podía quedar si nada, ni oro, ni medalla, ni tan siquiera un puesto entre los 10 primeros. Así que bajó el ritmo y le adelantaron el brasileño Caio Bonzim -que corría ante los ojos de todo el mundo- y el chino Zhaozhao Wang. Al tocar la pista del estadio, su único objetivo ya era mantener el bronce ante la amenaza del francés Aurélien Quinion. Lo hizo. Una medalla en el Mundial, en su primer Mundial.

«Me gusta dar la cara, con Yamanishi pensaba que podía conseguir el oro, pero cuando he visto que le sancionaban he decidido no jugármela. De hecho al final iba rezando para que no me dieran el tercer aviso. Estaba muy preocupado», admitía McGrath que la agradecía todo a su entrenador y prometía más alegrías: «Ya estoy peleando de tú a tú con los mejores y veo que si sigo así en los Juegos de Los Ángeles podré ir a cumplir mis sueños».