El desgaste, la fórmula de Irán para intentar ganar la guerra contra EEUU e Israel

TOPSHOT – An Iranian flag is seen on a residential building that was damaged by recent strikes at Vahdat town in Karaj, southwest of Tehran on April 3, 2026. Iran and its allies traded fire with Israel and the United States, as Washington-linked assets across the Middle East were targeted alongside civilian infrastructure — with the month-long war on April 3 showing little sign of easing. (Photo by ATTA KENARE / AFP) /

Tras absorber los golpes iniciales contra la cúpula del régimen, Irán ha sorprendido a Estados Unidos e Israel con una estrategia militar asimétrica, lanzando oleadas de represalias que arrastran a toda la región al conflicto. El cierre estratégico del Estrecho de Ormuz, así como las amenazas y ataques contra infraestructuras energéticas de países del Golfo, muestran que Teherán no se limita a responder a los ataques israelí-estadounidenses, sino que tiene un plan con un amplio campo de batalla. Así lo anunció hace dos semanas el comandante Ali Abdollahi: «La doctrina de las fuerzas armadas de la República Islámica ha cambiado de defensiva a ofensiva». «Si se ataca la infraestructura energética y de combustible de Irán, todas las instalaciones de energía, tecnología de la información y desalinización de la región, propiedad de Estados Unidos y del régimen (israelí), serán atacadas», aseguró en una intervención televisada.

«Irán quiere el desgaste. En lugar de buscar un final rápido al conflicto mediante una escalada de represalias, parece que Teherán rechaza por completo la lógica de una guerra corta», escribe el analista especializado en Irán, Hamidreza Azizi, de SWP Berlin. «El objetivo principal es alterar el cálculo de costo-beneficio del adversario, haciendo que la continuación -y especialmente la repetición- de tales guerras sea cada vez más insostenible«, añade. Según el analista, Irán busca compensar la inferioridad aérea y tecnológica respecto a EEUU, actuando donde tenga margen de maniobra, con la ampliación de sus objetivos con ataques a otros países, la saturación de defensas con misiles o drones, o el cierre estratégico de Ormuz, priorizando el daño a Washington sobre otras potencias.

Así, cuanto más se alargue el conflicto, más posibilidades hay de que Estados Unidos e Israel concluyan que una nueva ofensiva contra Teherán tiene más desventajas que beneficios. Cuánto más interconectado esté el conflicto a nivel regional, implicará que un acuerdo para frenar la escalada tendrá que incluir también los otros frentes, en particular al aliado de Teherán en la región, Hizbulá, que combate en el Líbano una invasión por tierra y aire israelí.

Para los expertos, ésta es la diferencia principal en la estrategia iraní entre la guerra de junio de 2015, en la que Teherán negoció rápidamente un alto el fuego, y el actual conflicto, en el que el régimen muestra reticencias para negociar. «No queremos un alto el fuego, esta guerra debe terminar de manera que nuestros enemigos jamás vuelvan a pensar en repetir tales ataques», declaró el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, tras advertir que su país está listo para «llevar la guerra donde sea necesario».

Esta estrategia bebe del ideario de Hassan Abbasi, uno de los principales teóricos de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo de élite del país, que elaboró planes de contingencia para conflictos de larga duración. En el caso de una ofensiva militar, Abbasi decía que los estamentos militares, instituciones estatales y la sociedad civil debían estar preparados para absorber los primeros ataques y seguir funcionando; y que si lograban resistir, una guerra prolongada podía ofrecer una ventana de oportunidad para conseguir la victoria mediante el desgaste.

Sin embargo, la ofensiva lanzada por Washington y Tel Aviv tuvo lugar en un momento en el que Irán atravesaba una grave crisis económica y una alarmante sequía, cuyo deterioro podría acelerarse pese a que el sistema sobreviva a la guerra. Teherán, además, tendrá que lidiar el día después con un vecindario al que ha atacado continuamente y que le guarda una creciente desconfianza y rencor. La degradación de estas relaciones podrían tener un impacto económico para Irán, ya que contaba hasta ahora con aliados en la región para solventar las sanciones internacionales impuestas contra el comercio de petróleo. En particular, Emiratos Árabes Unidos, uno de los países más atacados por Irán, facilitó en los últimos años vías de financiación, según indican varios estudios.

Por el momento, la República Islámica parece negarse a negociar con Washington un alto el fuego, aunque ha admitido el intercambio de comunicaciones a través de países mediadores como Turquía, Pakistán y Egipto. Entre sus exigencias para poner fin a la guerra, Irán pide garantías de que EEUU e Israel no reanudarán la ofensiva dentro de unos meses. Teherán, además, podría sentarse en la mesa de negociaciones con cartas en la mano más sólidas que antes de la guerra, tras la crisis global que representa el cierre de Ormuz, por donde transitaba el 20% del comercio mundial de petróleo y otros materiales. En las últimas semanas, el régimen ha llevado la gestión del Estrecho al Parlamento y debate desde imponer una cuota para su tránsito a implementar una política selectiva que beneficie a gobiernos amigos y aísle a enemigos. Teherán también está en conversaciones con Omán, que se encuentra al otro lado del Estrecho, para elaborar un plan conjunto de gestión del paso marítimo.

Otra de las bazas de la defensa iraní es la llamada estrategia mosaico, por la que el régimen puede seguir combatiendo a pesar de la pérdida de altos cargos o instalaciones claves en ataques. «Hemos tenido dos décadas para estudiar las derrotas militares estadounidenses en nuestros países vecinos, tanto al este como al oeste. Hemos incorporado las lecciones aprendidas», declaró el ministro Araghchi. «Los bombardeos en nuestra capital no afectan a nuestra capacidad para librar guerras. El sistema de defensa mosaico descentralizado nos permite decidir cuándo y cómo terminará la guerra», advirtió desde sus redes sociales.

Bajo esta doctrina, la Guardia Revolucionaria ha cobrado un gran protagonismo, con sus unidades distribuyéndose el poder, con una cadena de mando sin fisuras que no se ha derrumbado pese a los continuos ataques e interrupción de las comunicaciones. «A corto plazo, es probable que esta guerra fortalezca la posición de la Guardia Revolucionaria. Con el aumento de la presión económica, los leales al régimen y los guardianes buscarán consolidar tanto el poder como las ganancias, especialmente a través de las redes opacas creadas bajo sanciones», escribe Burcu Özçelik, investigadora en el Royal United Services Institute.