Carlos II y la resistencia de una España en declive: «El imperio se mantuvo prácticamente en su enorme extensión y esto es un éxito»

«No fue el menos dotado ni el peor de los monarcas y príncipes soberanos de la historia, aunque sí el que ha tenido mayor visibilidad». El historiador Luis Ribot no oculta las carencias del rey más denostado, pero en su obra ‘Carlos II, el final de la España de los Austrias (1665-1700)’ (Marcial Pons, 2025) sintetiza sus investigaciones anteriores en un análisis detallado y con matices. Desde el título evita el sobrenombre de ‘El Hechizado’, que ha caracterizado con trazo grueso y negro al monarca. «La visión que hemos recibido es terrible, pero evidentemente hay una diferencia entre el rey y el reinado», afirma.

Carlos II fue hijo tardío de Felipe IV y de una sobrina de éste, convertida con premura en su segunda esposa para concebirlo. Si su padre había tenido doce descendientes legítimos -casi todos muertos en la niñez- y al menos una veintena de ilegítimos, él no pudo engendrar un sucesor. «No fue niño nunca, subió al trono a los tres años y recibió una educación muy deficiente». Ribot, miembro de la Real Academia de la Historia y Premio Nacional (2003), recorre en el libro la inquietud cortesana ante el previsible fin de la dinastía. «Estaba convencido de que él, un protector de la religión, tenía que estar protegido por Dios y, por tanto, Dios habría de darle un heredero».

Ese hijo que no nació legó, paradójicamente, a su frustrado padre el sobrenombre de ‘El Hechizado’ y condicionó «mucho», ya en su época, los juicios sobre él. «En sus últimos años se dijo que si no dejaba embarazada a la reina era porque había sido víctima de un hechizo, y se le empezó a exorcizar. Pero todo el mundo en la época creía en los exorcismos y en los hechizos», relativiza el historiador. «Creo que era débil, era feo, pero no anormal físico, ni tampoco intelectualmente. Tenía mala salud, pero una capacidad enorme de recuperación. Y la prueba está en que vive 39 años, que no es poco». Luis Ribot admite que la consanguineidad, «algo buscado en la época», tuviera un efecto negativo pero rechaza el determinismo. Menciona la falta de dotes de mando. «Un hombre que tiene escasa confianza en sí mismo, indeciso, muy dubitativo». En paralelo, destaca su conciencia moral. «Un creyente, un piadoso, temeroso de Dios».

La madre regente que trata de ejercer el gobierno, dos esposas sucesivas con sus camarillas, una alta nobleza dividida, el ascenso de advenedizos. Distintos actores se mezclan en el libro ‘Carlos II, el final de la España de los Austrias (1665-1700)’. De fondo, un hilo conductor: la dispersión del poder. Sobre la primera mitad del reinado de Carlos II gravita además su hermanastro don Juan de Austria, hijo bastardo pero reconocido de Felipe IV y la actriz la Calderona. Luis Ribot lo describe «con una amplia formación, culto, con capacidad política y una enorme ambición», pese a que su origen le vetaba el acceso al trono. Implicado en conjuras, don Juan de Austria recurrió a la guerra de plumas. Textos satíricos, cartas, burlas que se distribuían entre los nobles o se fijaban en las paredes. «Utiliza la opinión como arma política para llegar al poder, nunca se había hecho con esa intensidad». Con apoyo popular y de sectores de la nobleza, consiguió que el rey, en 1677, le llamara a su lado para impulsar reformas. Murió de fiebres palúdicas dos años después, cuando las críticas se habían vuelto contra él.

Este prolijo examen al reinado de Carlos II relata las incertidumbres y amenazas que sentía la España del momento. «Hay decadencia: Felipe II podía oponerse a varios enemigos al tiempo y sin unirse a nadie, y ahora no se puede hacer». Sin refutarlo, Ribot aporta matices a ese declive, que sitúa sobre todo en Castilla. Apunta que el comercio con Indias no decae, se inicia la reforma hacendística, se ponen las bases de la recuperación económica, se acota el poder de la Inquisición.

Con una bibliografía que cita a más de 350 autores, con documentos de archivos españoles y extranjeros, esta monografía ilustra cómo la Monarquía Hispánica todavía jugaba un papel destacado aunque ya antes, en el Tratado de los Pirineos (1659), hubiera perdido la hegemonía ante la Francia de Luis XIV. «Tiene un ejército más poderoso de lo que se pensaba, una hábil política exterior, capacidad de unirse a otros países». De este modo, sostiene el historiador, la España de la decadencia fue, al mismo tiempo, la España de la resistencia, rodeada de potencias que llegaron a firmar tratados de reparto para desmembrar los dominios de Carlos II.

El rey sin hijo, y en algunas etapas poco dedicado a sus tareas, vivió sus últimos días sometido a las presiones exteriores para hacer valer los vínculos de parentesco de distintos aspirantes al trono español. Con la responsabilidad de que su testamento definitivo despejara la incógnita que mantenía en vilo el orden internacional. Lo dictó en octubre de 1700, un mes antes de morir. Relegó «por pragmatismo» las aspiraciones del Imperio de Leopoldo I y transmitió la Corona a Felipe de Anjou, un príncipe de los Borbones franceses que renunció a sus derechos en su país. «Lo que quieren los consejeros de Estado y el rey es que la monarquía se mantenga unida, y ¿quién garantiza eso? Luis XIV tiene 40.000 hombres al otro lado de la frontera, nunca ocultó que si alguien quería quitar los derechos de sus descendientes, los reivindicaría por las armas». Finalmente sería el candidato postergado, el archiduque Carlos de Austria, quien iniciara la Guerra de Sucesión.

«A un rey se le exigían dos cosas. Conseguir un heredero, esto no dependía de uno mismo y Carlos II no lo consiguió. Y mantener íntegros los territorios heredados y transmitirlos», recapitula Luis Ribot. Con algunas variaciones territoriales, el monarca español contuvo al pujante Luis XIV. «El imperio y la monarquía prácticamente en su enorme extensión se mantienen, y esto es un éxito». Carlos II, sin embargo, ha arrastrado una particular leyenda negra que ha subrayado sus limitaciones. El historiador considera que esa visión tan negativa ya «convenía mucho a nuevo la dinastía» y fue alimentada después por la Ilustración y el liberalismo del siglo XIX. Su balance de luces y sombras remite, en definitiva, a la importancia de los monarcas en el Antiguo Régimen. «El rey es la clave de bóveda. Si falta, se hunde todo. Y esa clave de bóveda, más débil, menos débil, estuvo ahí en los 35 años».