Aragón ha actuado otras veces como predictor de las elecciones generales porque su composición sociológica es muy parecida a la del conjunto del país. Si además la candidata del PSOE es la portavoz del Gobierno, el resultado se convierte definitivamente en un indicador nacional adelantado. El sanchismo se examina hoy en la figura de Pilar Alegría, la primera «víctima voluntaria» en el altar del sacrificio de Pedro Sánchez, como la describió aquí Roberto Benito. Su única cuenta posible es ya la de la magnitud del cataclismo: cómo de dura será la caída. Lo que ya se sabe es que ha perdido la condición de alternativa y queda a años luz de recuperarla.
Las últimas encuestas contemplaban anoche que las urnas consolidarán dos tendencias estructurales que se apuntaron en Extremadura y reflejan un profundo cambio sociológico que está reconfigurando el sistema de partidos en España.
La primera es que la derecha superará de nuevo ampliamente el 50% a costa de una caída estrepitosa de los socialistas, quizá otra vez ante su peor resultado histórico, lo que confirma que el partido que principalmente vertebraba el Estado ha dejado de ser percibido como factor de estabilidad. Al contrario, atrapado en la corrupción, enfrascado en batallas culturales artificiales y sin capacidad para gobernar, se le observa desconectado de las preocupaciones reales de los ciudadanos.
La segunda es que un intenso sentimiento de incertidumbre, frustración y desconfianza ha provocado un hueco de credibilidad en el sistema democrático que está cristalizando en el crecimiento imparable de Vox, sin que ello impida que el PP se mantenga en porcentaje de voto o suba ligeramente. La consecuencia es que Jorge Azcón, como antes María Guardiola, extiende su ventaja sobre el segundo y suma más que toda la izquierda, pero al mismo tiempo la formación de Abascal se fortalece tanto que el PP pasa a necesitarla de manera estructural. Ese precio se traducirá en agenda, orientación programática y también cultura política y estilo de poder. La coalición se encarece y la agenda pública se desplaza.
No era esta la expectativa con la que Azcón convocó las elecciones. Sí, como en Extremadura, la de llevar al PSOE de Sánchez a mínimos. Pero además se trataba de facilitarse la gobernabilidad, no de complicársela. Hay tres escaños en un alero: unos pocos centenares de votos pueden conducirle a salvar satisfactoriamente los muebles o a caer en la decepción de perder representación. Y esto le sucede a un presidente con una impronta de liderazgo y un balance de gestión intachables tras convertir Aragón en polo de atracción de proyectos industriales y tecnológicos. Eso es lo que le sostiene frente al maremoto verde. En Extremadura, Guardiola fue capaz de crecer 4,5 puntos en un contexto en el que Vox subió ocho: ella eludió en su campaña el tradicional eje izquierda/derecha y orilló al PSOE para plantear una dicotomía sistema/antisistema entre una marca que ofrecía institucionalidad y certeza (el PP) y la fuerza impugnadora que le impedía gobernar (Vox). Las dudas que provocaron ese resultado, muy bueno pero insuficiente, y el impacto sobre la negociación posterior han llevado a Azcón a combinar ese mismo marco con un abrazo del oso que asume a estética de los de Abascal: por ejemplo convocando al agitador Quiles en el mitin final.
La conclusión del PP será intentar normalizar la relación con Vox introduciéndolo en los gobiernos, contradiciendo así su propio congreso. Pero esta es la realidad del país y la expresión de las urnas: es la hora de que la derecha radical se ponga a prueba con responsabilidades reales. La conflictividad es previsible porque Abascal crece en la antipolítica y porque su aspiración es sustituir al PP o al menos arrastrarle a alterar su identidad y su naturaleza. Esta fricción incontenible entre la derecha liberal conservadora y la de inclinación trumpista es el combate existencial que se vive en Europa y la fuerza motriz que mueve las aspiraciones de recuperación de Sánchez. La crónica política de Juanma Lamet fue esclarecedora: «Hemos inflado a Vox y se nos ha ido de las manos», le decía un dirigente socialista. El movimiento tectónico en el centro de gravedad electoral es tan potente que no hay manera de que le cuadren las cuentas.
Sánchez no tiene otra ambición que sí mismo y cree que el precio de dejar postradas a las federaciones territoriales le compensa. Nada impulsa más a Vox que exhibiciones de ineficacia del Estado como la que desembocó en la tragedia de la Alta Velocidad española, pero además el presidente ha buscado debilitar al PP excitando a la derecha radical a través del agravio territorial, al dejar a Aragón como la más perjudicada en el nuevo sistema de financiación, o anunciando de forma inopinada en plena campaña una regularización masiva de inmigrantes.
Las encuestas muestran ya un trasvase muy notable directo desde las filas socialistas hacia Vox: al alentar a Abascal, Sánchez pone en riesgo la propia funcionalidad del PSOE. «El plan estratégico es forzar la división de la derecha durante el ciclo autonómico para plantear las generales como un plebiscito: ultraderecha sí, ultraderecha no», decía Lamet. La construcción del personaje del antitrumpista global no es otra cosa que una impostura. La prioridad es mantener vivo el campo de batalla: el vaciamiento de la centralidad y la revitalización del frentismo identitario. Por eso hoy, aunque pierda, quizá cante victoria. Lo que los ciudadanos se preguntan es dónde queda el interés general.
