Alcaraz consigue una de las victorias más épicas de su vida al superar a Zverev y a los calambres para clasficarse para la final de Australia

Otra victoria para la leyenda, la segunda de su carrera. Cuando todavía retumban los ecos de su remontada en la final de Roland Garros del año pasado, esta vez Carlos Alcaraz hizo el más difícil todavía. En las semifinales del Open de Australia, ante Alexander Zverev, ganó dolorido, acalambrado, cojo por 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5 en una gesta de cinco horas y 25 minutos que se recordará por los siglos. No habrá mayor prueba de su grandeza. No habrá mayor prueba de su dominio. Cómo negarle la invencibilidad si aún así, lastrado por su propio cuerpo, pudo clasificarse para una nueva final de Grand Slam.

«Tenemos calambres hasta en el dedo meñique, hasta en el último pelo de la cabeza», confesaba Alcaraz a su entrenador, Samu López, a principios del cuarto set y entonces era imposible imaginarle dos horas después celebrando ante una pista Rod Laver entregada a él. A sus 22 años, su talento y su mentalidad han llegado a tal nivel que no requieren de su físico. Del abismo de la derrota retrocedió con el alma y el domingo (09.30 horas) buscará el título en el único Grand Slam que le falta ante Jannik Sinner o Novak Djokovic.

El drama se desató a mediados del tercer set. Con dos sets en su marcador, Alcaraz se acercaba a una victoria fugaz, pero su cuerpo empezó a quejarse. El día era caluroso en Melbourne, alrededor de unos 30 grados de temperatura, el sol cubría toda la pista Rod Laver y el esfuerzo le sobrevino. En un descanso, el número uno hizo algo raro con una toalla. «¿Qué le pasa?», se preguntaban los miembros de su equipo y Alcaraz se lo explicó: «He vomitado, no sé si tengo que tomarme algo». A partir de entonces el partido se convirtió en un ejercicio de supervivencia.

Las quejas de Zverev

Con cierta polémica. El reglamento de la Federación Internacional de Tenis (ITF) impide que un jugador sea tratado por un fisioterapeuta si sufre calambres, pero Alcaraz alegó un tirón muscular en el muslo derecho y recibió el consecuente masaje. Su rival, Zverev, enloqueció: «Es una absoluta vergüenza. Le están tratando de calambres. Siempre protegéis a estos dos [en referencia a Alcaraz y Sinner]. Es increíble, no me lo creo». Para presionar a la juez de silla, la serbia Marijana Veljovic, el alemán se fue a la pista esperando que se reanudara el juego, pero no surtió efecto. Alcaraz igualmente recibió la ayuda del masajista y ambos encararon un encuentro distinto.

¿Cómo podía aguantar el español? Con medicación -se tomó una pastilla-, con vinagre de manzana y con paciencia. «Poco a poco. Respira bien. Te encontrarás mejor. Ya tenemos dos sets nosotros», le aseguraba López y Alcaraz le hacía caso. Dejó de correr, incluso dejó de saltar en el saque, pero se mantuvo en el encuentro. Con su paleta de golpes aguantó, aguantó y aguantó. Hasta el quinto set no le concedió ni un ‘break’ a su adversario y sólo se doblegó en los tie-breaks del tercer y el cuarto set.

El momento decisivo

Entonces llegó la resurrección. «Voy mejor», admitía Alcaraz en conversación con su banquillo, pero justo en el momento en el que empezaba a correr, a moverse con más soltura, a sentirse rehecho, Zverev le rompió el servicio. En el segundo set, una eternidad antes, ya le había remontado un ‘break’ en contra, pero esta vez, ya en el quinto set, tenía que hacerlo con el cuerpo todavía mermado. Daba igual. En cada juego al servicio del alemán, buscó su oportunidad, la buscó y la buscó hasta que la encontró.

Sus argumentos eran la magia y la fe; ya no le quedaba más. Había puntos en los que el cansancio le frenaba, pero en los momentos decisivos Alcaraz era Alcaraz. Con una confianza única en sí mismo. Con 5-4 y saque para que Zverev cerrara la victoria, el español recuperó la igualdad y el triunfo ya era suyo. Su rival, un tenista siempre inseguro, entendió que la gloria se le había escapado y se rindió. Alcaraz celebra una nueva gesta. Otra victoria para la leyenda, la segunda de su carrera.