La antesala de la quinta gran invasión del Líbano, bajo el espectro de 1982

Abdullah Tariaqi ocupa un lugar casi épico en la leyenda popular de Sidón. «Fue el gran jefe de la resistencia, antes incluso que se conociera a Hizbulá», afirma el jeque Husam al Ailani.

El pasado día 16, el antiguo comandante de las Fuerzas Fajr (Amanecer) permanecía sentado en una esquina de la mezquita Al Ghafran, en la principal ciudad del sur del Líbano, recibiendo el pésame de cientos de personas. Los asistentes habían colapsado las calles cercanas. Otro signo del gran respeto que concita la figura de Abdullah.

Tel Aviv nunca olvida. Abdullah sigue vivo, pero los cuatro miembros de la familia de su hermano Ali -incluido este último- habían sido asesinados por un misil israelí dos días antes, en su residencia de la misma localidad. El cohete y el fuego subsiguiente arrasaron la vivienda, situada en un segundo piso.

El ataque contra Ali Tariaqi demuestra que, en la atribulada historia del Líbano, el pasado cuenta tanto como el presente. El origen de la muerte de Ali se remonta muchos años atrás. Al verano de 1982, cuando Israel había acometido su segunda gran invasión del Líbano para poner fin a la resistencia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasir Arafat.

Sidón había sido capturada en junio tras aplastar a los milicianos palestinos que se atrincheraron en el campo de Ain el Hilweh. El ministro de Defensa de la época, Ariel Sharon, dijo que sus tropas habían sido recibidas como «libertadores» por los libaneses.

Las primeras acciones armadas de los milicianos suníes de Sidón contra la ocupación israelí, a las órdenes primero de Jamal al Habal -muerto en 1983- y después de Abdullah Tariaqi, enterraron esa narrativa.

Por eso, personajes como el citado Husam al Ailani o el diputado por Sidón, Abdu Rahman Bizri -miembro de una de las familias más emblemáticas de la metrópoli-, no tienen dudas sobre la razón del ataque contra los Tariaqi. «Venganza», dice Ailani.

Desquite, quizá, pero también el hecho de que la alianza que forjó Abdullah Tariaqi con Hizbulá para enfrentarse a las tropas de Tel Aviv se ha mantenido durante todas estas décadas, poniendo asimismo en cuestión la tesis de que sólo los musulmanes chiíes de la formación que lidera Naim Qassem se oponen al Estado hebreo.

«Hemos luchado siempre contra Israel y lo seguiremos haciendo. Tienen secuestrada a Palestina», opina Ailani.

Los cuatro muertos del clan Tariaqi se suman a las casi dos decenas de víctimas mortales que contabiliza Sidón en esta nueva guerra -la enésima- iniciada por Israel y Estados Unidos en Oriente Próximo. Los entierros y los escenarios de coches calcinados o edificios derruidos empiezan a multiplicarse en la que es la tercera villa del país.

Una amplia ofensiva

La presente conflagración ha recuperado en el Líbano el espectro de una posible invasión masiva de las fuerzas armadas israelíes, al estilo de la que sufrió el país en 1982.

Varios diarios locales como L’Orient Le Jour han indicado en las últimas jornadas que, si Israel decide acometer una ofensiva tan amplia como la del siglo pasado, su avance no se limitaría a las regiones del sur, como tampoco ocurrió en aquel entonces.

Según el citado L’Orient Le Jour, el asalto israelí buscaría ocupar tanto la región sureña como el valle de la Bekaa, un objetivo que, según las fuentes citadas por el matutino, ha recibido la «luz verde» de la Administración de Donald Trump, que también pretende -esas son las palabras del periódico- «vengarse» de Hizbulá por los cientos de militares norteamericanos que mató en los atentados de 1983.

La hipótesis de una arremetida de tal envergadura obligaría a Tel Aviv a desplegar en el Líbano a decenas de miles de soldados -emulando a los cerca de 80.000 que usó en 1982-, cientos de tanques -envió a más de 1.000 en la fase inicial de la guerra de 1982- y la mayor parte de su aviación, algo que no ha ocurrido hasta ahora.

Todos los representantes israelíes afirman que su objetivo es más limitado, pero, al mismo tiempo, han filtrado a los medios de comunicación que pretenden extender la guerra «durante meses». Los libaneses tampoco olvidan la historia. En 1982, Israel prometió que el avance sólo duraría un máximo de 72 horas y no sobrepasaría los 40 kilómetros. No más allá de Sidón. En una semana estaban en Beirut.

Las órdenes de evacuación dictadas por Israel afectan ya a un 15% del territorio y han provocado el éxodo de más de un millón de personas.

En Sidón, por ejemplo, ya hay cerca de 50.000 huidos. Cientos de ellos están malviviendo en la playa de la villa, en pequeñas tiendas de campaña o simplemente durmiendo dentro de sus automóviles. Se les ve aparcados a lo largo del paseo marítimo.

Cientos de sirios han elegido instalarse sobre la fosa común donde fueron enterrados cientos de víctimas libanesas y palestinas de la acometida israelí de 1982. «Cementerio de los Mártires de Sidón que cayeron durante junio de 1982 como resultado de la traicionera ocupación israelí», se lee en la placa instalada junto a las lonas atadas con plásticos y amarradas a los árboles, que sirven de techo a las familias sin hogar.

Abdel Majed Hariri, de 31 años, ha terminado exactamente en la misma esquina del camposanto donde se estableció en 2024, durante la anterior confrontación. Vivía cerca de Tiro, a sólo 20 kilómetros de Israel, y tanto hace dos años como ahora tuvo que escapar nada más comenzar la conflagración ante los violentos bombardeos que lanzó la fuerza aérea de Tel Aviv contra esa zona.

Majed ni sabía que duerme ahora sobre la sepultura de los muertos que dejó la ocupación del siglo pasado. Tampoco sabe cuánto tiempo permanecerá aquí ni cómo va a alimentar a sus tres hijos, todos ellos de menos de seis años. «Dios decidirá», asevera mirando al cielo.

Vaciado del territorio

Son muchos los analistas que opinan que el objetivo real de Tel Aviv es ocupar una franja en la frontera de varios kilómetros, repitiendo una vez más la experiencia iniciada en 1978 y continuada en 1982, salvo con una excepción. «Quieren ocupar ese territorio pero dejarlo vacío», opina Bizri. «No creo que los israelíes intenten repetir lo de 1982. Perderán a muchos soldados», agrega.

A partir de 1978, Israel mantuvo el control de la región limítrofe con su linde norteña, usando a integrantes de la población local como milicias aliadas. Muchos de ellos se convirtieron en agentes dobles, agudizando la guerra de guerrillas que tuvo que enfrentar el ejército ocupante. Tel Aviv terminó perdiendo más de 1.200 soldados y tuvo que retirarse en el año 2000. Para varias generaciones israelíes aquello fue su particular «Vietnam», como lo apodaron los medios locales.

«Israel quiere establecer una ‘zona de la muerte’ [como en Ucrania] en el sur, sin población», concuerda el ex general Khaled Hamadeh, que fue director del Centro de Estudios Estratégicos del Ejército del Líbano.

El antiguo militar cree que los militares israelíes pretenden desencadenar una embestida general «para destrozar no sólo las armas de Hizbulá, sino toda su red socio-económica» y no duda que aplicará la doctrina Gaza, basada en la destrucción absoluta. Las repetidas acciones israelíes han generado una amplia psicosis en la población libanesa, que está ahondando las disensiones comunitarias, como ya ocurrió durante la guerra civil, en la que los uniformados de Tel Aviv participaron de forma muy activa.

Bizri minimiza de momento los «pequeños altercados» que ya se han producido entre grupos de una religión y los desplazados chiíes, a los que se comienza a identificar como un peligro.

Tras el asalto aéreo israelí contra dos hoteles -uno situado en un barrio de mayoría cristiana y otro en un área dominada por la población suní-, muchos establecimientos han recurrido a los servicios de seguridad del país para identificar a sus posibles clientes.

Tel Aviv no cesa de azuzar ese miedo y la obsesión de un amplio sector de la población libanesa. Una portavoz militar israelí que se expresa en árabe, Ella Waweya, afirmó en las redes sociales que «hay combatientes de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní con documentos falsificados ocultos entre los civiles» en los «hoteles de cinco estrellas de Beirut», sin aportar la más mínima prueba.

La tensión sectaria cada vez es más visible en todo el territorio libanés. «Sólo vivimos con gente que conocemos. No nos fiamos de los desconocidos. Yo tengo una casa en la montaña [en la zona drusa]. El alcalde me llamó el otro día y me dijo que, si quería alquilarla, tenía que proporcionarle los DNI de los inquilinos, y que antes de dejarles entrar tendrían que ser investigados», explica Ahmad Zahabi, un español residente en Sidón.

La aviación israelí lanzó el pasado día 15 miles de folletos sobre las calles de Beirut, estableciendo un paralelismo entre la debacle que sufrió Gaza y la de este país, instando a la población a espiar en su favor y «desarmar» a Hizbulá, recurriendo a una táctica que ya usó en la franja palestina y en el propio país árabe durante la contienda civil.

Un profesor de la Universidad de Tel Aviv, Eliav Lieblich, citado por el diario Haaretz, recordó que «está absolutamente prohibido [según la ley internacional] esparcir el miedo entre la población. Este tipo de mensajes están muy cerca de cruzar esa línea, si no la han cruzado ya totalmente».

Sin embargo, los paramilitares de Hizbulá no sólo se enfrentan al rechazo de un significativo sector de libaneses, sino también a la oposición del nuevo liderazgo del país, cuyo presidente, el cristiano Joseph Aoun, les acusó de buscar el «colapso» del Estado «en aras de los cálculos del régimen iraní».

Tanto Washington como Tel Aviv están presionando a todos los niveles a Beirut para que su ejército intente desarmar a Hizbulá, una tarea que ni siquiera han conseguido los soldados israelíes. La circunstancia irónica, en este caso, es que el ejército libanés se encuentra sometido a un embargo de facto desde el final de la guerra civil, que le impide adquirir armas sofisticadas a Occidente, ante la oposición de Israel.

«Sí, Israel impone restricciones al armamento que podemos tener», admite el ex general Hamadeh.

«El ejército libanés no dispone de la capacidad para enfrentarse a Hizbulá. No tienen nada. En los 19 años que pasé en el Líbano nunca se les proporcionó lo que necesitan, salvo algunos vehículos y algún barco pequeño. No tienen aviación. Sólo unos pocos helicópteros. Por la fuerza, no pueden desarmar a Hizbulá», asevera Andrea Tenenti, ex portavoz de los cascos azules desplegados en el sur del Líbano.

Con esas casi dos décadas de experiencia en la nación árabe, Tenenti advierte de que cualquier pretensión de usar a los uniformados libaneses para presionar a Hizbulá puede recrear asimismo otro fantasma del pasado: la división que sufrieron las Fuerzas Armadas de la nación a causa de la guerra civil, cuando se rompieron siguiendo las líneas confesionales. «Sí, hay peligro de que el ejército se divida», puntualiza Tenenti.

Batalla existencial para Hizbulá

Para Hizbulá, el presente conflicto se plantea como una pugna que definirá su futuro. «Es una batalla existencial, no algo limitado», señaló el día 15 Naim Qassem. El secretario general del también llamado Partido de Dios dijo que han «aprendido de los errores», lo que explicaría la enconada resistencia que están encontrando los tanques israelíes en la divisoria.

«Las dos partes se muestran inflexibles. Es una guerra que va a durar mucho», incide el general Hammadeh.

El 8 de agosto de 1982, el entonces primer ministro de Israel, Menachem Begin, pronunció un histórico discurso en Colegio de Defensa Nacional en el que reconoció que -como ahora- Israel había sido el país que había iniciado las guerras de 1956, 1967 y la invasión del Líbano. Apostilló que eran «guerras sin alternativa».

Cuando se pronunció, las fuerzas de Tel Aviv ya habían cercado a Yasir Arafat en el oeste de Beirut y estaban a punto de forzarles a dejar la capital libanesa. La «nueva era» de Oriente Próximo que había prometido su ministro de Defensa, Ariel Sharon, parecía al alcance de la mano.

«Ya podemos mirar más allá de los combates. Sé que tendremos un largo periodo de paz», clamó.

Fue entonces cuando apareció Abdullah Tariaqi. Y, poco después, Hizbulá.