Carlos Alcaraz: «Las cosas negativas que leí me afectaron, incluso me entraron dudas»

Una hora antes de que llegue Carlos Alcaraz, los fotógrafos ya están haciendo pruebas en los jardines del Royal Exhibition Building de Melbourne. «Ponte aquí», le piden al periodista más madrugador, y él se pone. Más tarde, cuando el campeón del Open de Australia aparece con cara de sueño, todo sucede a una velocidad de vértigo. Ya acostumbrado a estas artes, Alcaraz posa, posa, posa y vuelve a posar con su traje de Louis Vuitton, saluda a los aficionados que le esperan y se entrega a sus últimos compromisos antes de volar de vuelta a casa, por fin.

«Ya me gustaría haber tenido fuerzas para ir de fiesta. Después de la final llegué a mi habitación a las dos de la madrugada y no podía hacer nada. Estaba muerto. Estuve jugando a unos juegos con mi hermano y ésa fue toda mi celebración. No daba para más», confiesa a EL MUNDO en una entrevista realizada en el coche que le lleva a toda velocidad del posado oficial a su hotel para recoger las maletas antes de ir al aeropuerto. «Tengo ganas de llegar ya a Murcia para descansar», añade, con la amabilidad con la que siempre habla a los demás y con la que en los últimos meses también se dirige a sí mismo.

En este Open de Australia, como en el pasado US Open, no ha parado de animarse durante los partidos. «Vamos, Charly», se decía. Todo empieza por uno mismo.
Totalmente. Es muy importante para mí. Me he dado cuenta de la importancia que tiene hablarse en positivo. Cuando las cosas se complican es cuando hay que sacar esos ánimos. Lo pueden cambiar todo, te cambian la mentalidad. No es raro que mis dos mejores Grand Slam -en referencia al US Open y a este Open de Australia- hayan llegado cuando me he hablado bien y cuando me he tratado bien de manera exagerada, con intención de hacerlo desde el principio.
¿Con quién habla si ese positivismo no acaba de salir, si algo le preocupa?
Fuera de la pista está mi familia. Mi padre, mi tío, mi hermano… todos viajan conmigo y para mí es una gran suerte. Pero en la pista, durante los torneos, tengo a Samu [López]. Samu es una persona que no solo me ayuda a nivel profesional, a mejorar mi revés o mi derecha, a señalarme cambios tácticos; también me tranquiliza cuando me inquieta algo. Eso es muy importante para dar lo mejor en pista.
Cuando de niño soñaba con tener esta vida, ¿se la imaginaba así?
De niño soñaba con ganar los mejores títulos, con tener varios Grand Slam, pero no sabía qué sentiría ni qué iba a pasar en mi vida. De la idea que tenía de niño, las sensaciones son un poco diferentes.
¿En qué sentido?
Cuando tenía 12 años quizá pensaba que todo llegaba de la nada. Como un regalo, algo que aparece. Pero conforme vas avanzando te das cuenta de que eso no es así. Que te tienes que preparar mucho para ese momento que soñabas, que tienes que trabajarlo mucho, que empiezas en los primeros torneos ATP 250, luego los 500, los Masters 1000, y vas llegando. Ahora, obviamente, me siento increíble, me siento especial, pero no viene de la nada. Hay mucho detrás.

En su discurso de campeón habló de las críticas recibidas por haberse separado de su entrenador, Juan Carlos Ferrero. ¿Le afectaron?
Conforme pasa el tiempo me he ido dando más cuenta del poder de las palabras. Tanto una palabra buena como una palabra mala puede cambiar el ánimo de una persona. Por eso yo siempre intento llevar mucho cuidado con lo que digo y cómo lo digo. Algunas de las cosas negativas que leí o escuché me afectaron, incluso me entraron un poquito de dudas. Pero también quiero decir que las cosas positivas me llenaron de orgullo y me hicieron feliz. Gracias a Dios hubo más cosas buenas que malas.
Ese cambio en su equipo, ¿qué motivos tenía?
La temporada de un tenista es de enero a noviembre y cuando acaba hay que tomar decisiones. La vida se basa en eso: en tomar caminos. A veces esos caminos son correctos, a veces son erróneos, y hay que ir aprendiendo. Veíamos que necesitábamos un cambio, lo decidimos así y se dio de esa manera.
Son siete Grand Slam con 22 años, el pleno en todos los ‘grandes’. ¿Le preocupa despegar los pies de la tierra?
La verdad es que no. Tengo claro cuál es mi base, de dónde soy, de dónde vengo, cuál es mi gente, y eso nadie me lo va a cambiar. Si alguna vez, en algún momento, por lo que sea, puedo llegar a equivocarme, ahí tengo a mi familia y a mi gente. Si me tienen que pegar una colleja para bajarme a la tierra, lo harán. Son los que siempre me han acompañado desde chico y los que me conocen realmente.

Cuando habla con sus amigos, ¿ve una vida muy distinta a la suya?
Obviamente sí. Eso es innegable. Pero cuando estoy con ellos me olvido de todo eso. Me olvido de lo que vivo, de todo lo que implica ser tenista. Cuando nos reunimos somos todos iguales y vuelvo a la infancia, cuando tenía 12, 13 o 14 años y podía estar más tiempo con ellos. Yo les agradezco que me traten así, me encanta, pero obviamente vivimos situaciones diferentes en nuestro día a día.
Su palmarés dice que ya lo ha conseguido casi todo.
Antes veía que el año que viene aquí, en Australia, puedo completar los cuatro Grand Slam dos veces y también ser el más joven en hacerlo. Siempre hay algo. Siempre salen cosas que te mantienen con ambición. Los torneos grandes siempre me motivan y hay varios Masters 1000 que me gustaría ganar al menos alguna vez. También están las ATP Finals y, sobre todo, la Copa Davis. La Davis es un torneo que me encanta, me gusta mucho jugar con España y me encantaría tenerla en mi palmarés.