Cuando, en 2013, la Fundación Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia se puso en contacto con la empresa británica de consultoría e ingeniería Arup para que terminara la eternamente inconclusa obra de Salvador Gaudí, los directivos de la compañía no se lo podían creer.
«Fue uno de esos momentos en los que tienes que pellizcarte para convencerte de que no estás soñando», explicaba el líder de diseño estructural de Arup, Tristam Carfrae al diario The Times en una entrevista publicada ayer, lunes. «No nos dijeron que estábamos compitiendo con nadie más [por el proyecto]. Tan solo llamaron a la puerta y preguntaron: ‘¿Pueden ayudarnos?’. Fue increíble», ha declarado Carfrae, que es máster en Ingeniería Mecánica por la Universidad de Cambridge y que, según su página de LinkedIn, lleva toda su vida profesional en Arup.
En junio próximo está previsto que la Sagrada Familia sea coronada con su torre más alta, la de Jesucristo, con una altura de 172,5 metros. Es el templo más alto del mundo cristiano. Pero esa arquitectura vertical descansa sobre el problema con el que Carfrae y su equipo de Arup han tenido que bregar durante 13 años: unos cimientos absurdamente pequeños. El problema parte de la misma concepción del templo. La Sagrada Familia fue proyectada por primera vez por el arquitecto murciano Francisco de Paula Villar, que había planeado una iglesia neogótica, en línea con la moda de entonces. Pero, tras cuatro años de trabajo, y con la cripta ya construida, las desavenencias entre De paula y la Junta que era su cliente descarrilaron el proyecto.
Entonces, Gaudí, que tenía 31 años, asumió la obra. Mantuvo la cripta y diseñó una monumental red de torres a su alrededor. Dado que rechazó el uso de arbotantes, la basílica era imposible de construir con la tecnología de la época y con las bases que había dejado Villar. Carfrae lo valora desde un escepticismo muy británico: «No había cimientos para soportar esa torre monstruosa», aunque el arquitecto-jefe de la Sagrada Familia, Jordi Fauli, es más benevolente con su antecesor y cree que el diseñador de la Sagrada Familia simplemente apostó por el futuro. «Sabía que habría posibilidades para construir mejor», dice, refiriéndose a Gaudí. Sea como sea, la Historia de España conspiró para que las cosas fueran a peor. Dentro de su delirio antirreligioso, los anarquistas prendieron fuego a la cripta y destruyeron los planos y maquetas que Gaudí había dejado cuando murió, arrollado por un tranvía, en 1926.
Esas «nuevas tecnologías que aparecerían», en palabras de Fauli, han sido lo que han permitido que la Sagrada Familia siguiera adelante. Un ejemplo son los muros de las torres. En el diseño original, deberían haber tenido un ancho de un metro y 20 centímetros. Pero Carfrae y Fauli lograron reducir ese grosor en un 75%, hasta dejarlo en 30 centímetros. Para ello, insertaron dentro de la piedra tendones de acero que conectan los bloques de roca. Ésa técnica solo existe desde hace tres décadas. Primero se empleó en la construcción de puentes y después en otros proyectos.
Así es como la Sagrada Familia ha ido levantándose, aunque todavía le queda, en el mejor de los casos, una década de obras y de trámites administrativos. En el hoizonte queda la expropiación explosiva desde el punto de vista político de una serie de viviendas junto a la basílica y necesarias para construir las escalinatas que diseñó Gaudí. Pero eso ya no entra dentro de las competencias de Arup, una empresa especializada en asumir obras que nadie más quiere, como la ópera de Sydney, en Australia, el Centro Pompidú en París, o el Estadio Nacional de Pekín. En su lista de proyectos siempre alguien acaba sacando el famoso Millennium Bridge de Londres sobre el río Támesis, que tuvo que ser cerrado a los dos días de su inauguración por su inestabilidad.
